Moisés Hassan

El acto final de la comedia

El pasado 6 de noviembre se inició el acto final de la tragicomedia a la que, a falta de un nombre más apropiado, se dio en denominar “proceso electoral”. Proceso alucinante que organizó la dictadura mediante un cortejo de inescrupulosos y fieles servidores que, en cumplimiento de las órdenes de sus amos, y mediante una serie de descaradas maniobras, distorsionaron cualitativa y cuantitativamente el padrón electoral; conspiraron, apelando a múltiples y sucias triquiñuelas, contra la organización y participación de la auténtica oposición; contrataron, con la promesa de cederles migajas del botín, a grupos zancudiles, para quienes los fiscales en las distintas estructuras salieron sobrando, igual que la desechada observación nacional e internacional; usaron a discreción, para su propaganda y movilización, los recursos e instituciones del Estado; presionaron a cuanto ciudadano pudieron para que hiciera presencia y sufragara en los centros de votación; y, por último inventaron, a su gusto y antojo, los números finales, restringidos únicamente por la conveniencia de otorgar algún grado de respeto a las reparticiones acordadas.

Todas las maniobras anteriores fueron ejecutadas de forma torpe, con absoluta desvergüenza y abierto menosprecio a la inteligencia  y dignidad de los ciudadanos, que, en su inmensa mayoría, no carecen de esos atributos. En consecuencia no les fue difícil percibir que en esas votaciones habían quedado reducidos a escoger entre “votar” por Ortega —directamente o a través de uno cualquiera de sus cinco monigotes— o votar contra el dictador, esto es, negarse a participar en la farsa electoral. Y, en defensa de su dignidad y derechos, una inmensa mayoría de la ciudadanía se pronunció claramente: la abstención, su voto contra Ortega, fue masiva. Para nuestro orgullo y satisfacción. De paso, una verdad cuidadosamente oculta por el orteguismo, que lo horroriza y hace que le haga las cruces a la celebración de elecciones libres, asomó su indiscreto rostro: desde hace más de una década, el apoyo con que cuenta entre la población, que no se resigna a verse convertida en limosnera, difícilmente pasa del 20 por ciento. Pese a las cifras inventadas en las últimas tres votaciones por un Consejo Supremo Electoral (CSE) reducido, a partir del 1 de octubre 2002, a la sumisión. Inicialmente mediante el chantaje.

Puesto de otra manera, creo que el mensaje enviado por la ciudadanía fue el siguiente: esos individuos a quienes se nos pretende presentar como elegidos a cargos estatales a través de esta irrespetuosa y ridícula mascarada, empezando por la pareja que usurparía la Presidencia y la Vicepresidencia de la República, carecen de toda legitimidad y autoridad legal, política y moral, no siendo por tanto más que una pandilla de farsantes empecinados en ejercer un poder secuestrado, abusivo y autocrático, a la par que continuar el asalto a los bienes del país. En consecuencia, desconocemos, declaramos nula la repartición que por medio de su operador, el llamado CSE, pretende la dictadura imponernos, y hacemos un respetuoso llamado a las organizaciones políticas y de la sociedad civil a unificar esfuerzos y acciones encaminadas a sepultar los fétidos restos de la farsa. Para que, más temprano que tarde, Nicaragua pueda elegir y dar posesión a los servidores públicos decentes que esa voluntad decida libremente escoger. Estaremos entonces en la posición de acometer objetivos más grandiosos, materiales y espirituales. Como el de extirpar de una vez por todas el vergonzoso absurdo de que Nicaragua sea el país más pobre de América, y uno que solo ha conocido la democracia versión “gatopardo”.

La responsabilidad de llevar a feliz realización esas justas ambiciones es nuestra, sobra decirlo; de esa inmensa mayoría que se ama y ama a su Patria. Desde luego, si la comunidad internacional, en aras de la democracia y el bienestar de los nicaragüenses, y con el debido respeto, colaborara para hacer más expedito y menos costoso el inevitable triunfo de esa mayoría, su aporte debería ser bienvenido. Como lo fue para tumbar a la dictadura anterior, el somocismo, sin que ninguno de los beneficiarios de tal suceso, imposible sin ese aporte, se rasgara las vestiduras. Por el contrario, pactos previos habían sido celebrados con los interventores. Otro trozo de historia cuidadosamente escondido.

El autor es ingeniero y escritor, autor  del libro “La maldición del Güegüense”.

COMENTARIOS

  1. Rigoberto LP
    Hace 10 años

    Y con autoridad moral suficiente:
    Lider guerillero sandinista.
    Miembro de la Junta de Gobierno que derroco a la dictadura somocista.
    Primer comandante sandinista que se opuso al primer regimen de ortega en los 80.
    Actualmente lider de la oposicion con clara vision y autoridad moral suficiente.

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