Los mejicanos mencionan mucho una anécdota cuando el PRI era partido único, en la cual el presidente de turno le preguntó a un subordinado qué hora es… y este, en tono tajante, firme y sin titubear le contestó: ¡La hora que usted quiera mi presidente!, frase que revela una de las características más tristes del ser humano calificada como la peor de la degradación de la autoestima: el servilismo.
El profesor Nassere Habed, psicólogo y hombre de mucho respeto en la docencia universitaria nicaragüense, asegura que “la naturaleza baja o indigna del servilismo se manifiesta en el hecho de que el servil renuncia a su libertad, para someterse incondicionalmente a la autoridad de otra persona, con el fin de medrar a su sombra. A la sombra de ese amo, el servil busca como enriquecerse, figurar, gozar de prebendas. El servilismo es así, el medio que utiliza para triunfar. Este hecho refleja la pobre valoración que el servil tiene de sus propias capacidades para tener éxito en la vida”.
La historia de Nicaragua narra hechos hasta satíricos sobre el servilismo, entre ellos algunos mencionados por Jorge Eduardo Arellano quien afirma que en un certamen de aduladores del general Somoza García se disputaban las mejores frases y entre ellas se destacaron algunas: “Voy a beber agua bendita antes de mencionar el nombre del general Somoza”. O bien otra que decía: “El general pesa 200 libras y de ellas 195 su corazón”.
Sin duda alguna el certamen lo ganó quien orondamente dijo que “el Señor había sido prodigo dándole dinero, poder y familia, pero había sido injusto porque no lo hizo mujer para parirle un hijo al general…”.
En la historia contemporánea se hicieron famosas frases similares como la de un político especialista en transfuguismo quien afirmó que “daría su vida por su líder” y meses después se cambiaba de partido o bien otras que simbolizan la arrogancia y la prepotencia de quedar bien con los poderosos: “Hagamos lo que hagamos, digan lo que digan, pero jamás entregaremos el poder”.
Esta frase me hizo recordar a García Márquez en El Otoño del patriarca; “El poder cree que puede ordenar que quiten la lluvia de donde estorbaba y la pongan en tierra de sequía”.
Desafortunadamente la historia de Nicaragua está llena de episodios parecidos y donde el servilismo llega a la extrema obediencia de realizar actos aunque vayan contra los más elementales principios de moralidad, honestidad y autoestima.
Cuando el servilismo cae en la obediencia ciega de cumplir órdenes como militares o policías sin importar los resultados, nos recuerda la historia del rey Pirro de la antigua Grecia que cada vez que ganaba batallas a un costo tan alto que las pérdidas eran dramáticas y sangrientas hasta el punto que en una de ellas solo regresó con su lugarteniente dejando un lastre de destrucción física y humana.
Lo más grave en un país es cuando el servilismo, rayando en la extrema obediencia, deja secuelas graves en la economía, la sociedad y en los valores y en este particular, la historia es aleccionadora y a pesar de ello se siguen repitiendo los mismos errores.
Afortunadamente los tiempos han cambiado y si bien se pretende engañarnos; el patriotismo volvió a manifestarse, las matemáticas son más exactas y las nuevas tecnologías permiten exponer a la luz, la única verdad que al final terminará brillando como un sol inmenso y resplandeciente, aunque se pretenda tapar con un dedo manchado de negro.
El autor es docente, abogado y periodista.