Julio Portocarrero Arancibia

Concluye Año Jubilar. ¿Y ahora qué?

Cuando el papa Francisco canonizó en 2014 a San Juan Pablo II, aparecieron devotos del santo polaco hasta por debajo de las piedras. Lo mismo pasó este año con la canonización de madre Teresa de Calcuta. En las redes sociales se compartieron imágenes de ella, oraciones, reportajes y hasta datos curiosos. Muchos cambiaron sus fotos de portada en Facebook, crearon etiquetas en Twitter y contribuyeron a que este acontecimiento se convirtiera en un trend topic.

La Madre Teresa era la tendencia. Y lo mismo ha ocurrido con el Año Jubilar Extraordinario de la Misericordia: puede que lo hayamos rebajado al nivel de “tendencia” y no hayamos hecho de él un itinerario de encuentro con Jesús.

Soy joven y comunicador y reconozco que las redes sociales son hoy la Galilea y Samaria a las que Jesús se encaminaría para evangelizar y llevar su Palabra, la cual es capaz de renovar la vida de todos.

Sin embargo, estos acontecimientos que se mueven dentro del contexto del camino de fe de la iglesia, que peregrina en pleno siglo XXI, no pueden encasillarse simplemente como una tendencia sobre la cual todos hablamos y comentamos en las redes sociales.

El Año Jubilar que concluirá este domingo 20 de noviembre, con la Fiesta de Jesucristo Rey del Universo, debería ser una experiencia de fe en la que como creyentes nos sintamos interpelados por una palabra que puede definir y describir la vida de Cristo. Esa palabra es Misericordia.

Mucho hablamos de ella, la utilizamos en afiches, pancartas y etiquetas. Lo cual no está mal. Lo negativo radica en que podemos cometer el error de vivir experiencias como esta de manera superficial. Todo se queda en la mente pero nada baja al corazón, al interior, al lugar del encuentro, ahí donde en silencio nos podemos encontrar con la verdad.

El papa Francisco, como creyente, jesuita y ante todo un ser humano, ha convertido la Misericordia de Jesús como el eje sobre el que se sostiene su pontificado. Él mismo ha experimentado en su vida este amor más tierno de Jesús, quien —como él mismo ha dicho— “nunca se cansa de perdonarnos, somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón”.

Francisco ha sido el primero en darnos ejemplo sobre cómo con signos pequeños podemos encarnar esta caricia divina. Creó los Viernes de Misericordia. Visitó y almorzó con enfermos mentales en Italia. En su viaje a Polonia, por la Jornada Mundial de la Juventud, visitó y oró en el campo de concentración de Auschwitz, en donde miles de seres humanos fueron martirizados durante la Segunda Guerra Mundial; y en su último

Viernes de Misericordia no dudó en compartir un momento con sacerdotes que dejaron su ministerio y que ahora tienen hermosas familias.

Ahora que concluirá el Año Jubilar hemos de cuestionar nuestra vida, examinar nuestras actitudes y ver si algo ha cambiado en nosotros. ¿Qué me deja a mí este Año Jubilar? ¿A qué me invita? ¿Experimentaré esta Misericordia de Dios encarnada en Jesús? ¿Dedicaré un tiempo para meditar mi vida y descubrir la necesidad que tengo de Dios? ¿Viviré esta experiencia de fe como una tendencia en las redes sociales, un tema sobre el cual comentar; o en verdad reconoceré que es una invitación para cambiar la dirección de mi vida?

En la medida en que aprendamos que la fe se vive desde adentro y que el cristianismo no es un trend topic sino un camino existencial en el que nos esforzamos por imitar el modo de proceder de Jesús, seremos consecuentes consigo mismos, y haremos de la Misericordia la pastoral de nuestra vida.
El autor es Comunicador Social.
Twitter: @julioquetzal

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