Las pasadas elecciones orteguistas fueron un desastre para José Daniel Ortega Saavedra y su mujer Rosario Murillo Zambrana.
Fue un desastre porque miles de sus militantes no fueron a votar el domingo 6 de noviembre, lo que aumentó el porcentaje de la abstención nunca vista desde la primera elección amañada en 1984.
Y me pregunto: ¿Por qué entre un 70 por ciento en los sectores urbanos y un 80 por ciento en los rurales no fueron a ejercer su derecho al sufragio?
La respuesta es muy simple: están hastiados de Ortega y Murillo con sus gobiernos autocráticos, llenos de puras mentiras e hipocresías, maquillados con los mensajes subliminales de Murillo: victoriosos en familia, en “amor a Nicaragua”, Nicaragua cristiana, socialista y solidaria.
La verdad es que ni aman a Nicaragua ni a los nicaragüenses, se aman a sí mismos haciéndose millonarios con los bienes del Estado y de la cooperación internacional y haciendo ya competencia desleal al sector privado (Cosep), porque tienen toda clase de negocios en todas las áreas de la economía y no pagan impuestos como los empresarios privados. Es decir los Ortega Murillo están siguiendo el mal ejemplo de la dictadura somocista a la que ya están superando.
Una abstención que tiene locos a los corruptos magistrados del Consejo Supremo Electoral orteguista, desprestigiado, no creíble para la mayoría de los nicaragüenses. Porque no les cuadran las cuentas y no haya qué hacer con lo prometido a sus zancudos. Se autodespacharon hermoso con los votos en las Juntas Receptoras de Votos en todo el país.
Todo el mundo sabía que Ortega y Murillo iban a ganar. Eran tigres sueltos con burros amarrados: me refiero a los partidos colaboracionistas o zancudos, acólitos del orteguismo a cambio de unos millones de córdobas y a cambio de algunas diputaciones.
Ortega fue a las elecciones sin una auténtica y verdadera oposición, a la que le quitó su personería jurídica por medio de un fallo que duró más de cinco años de la desprestigiada Sala Constitucional del poder judicial, integrada solo por magistrados orteguistas y alguno del pactista PLC que le dicen como buenos títeres: sí señor a Ortega.
Por supuesto que este desastre electoral tiene sus consecuencias: Ortega y Murillo no son verdaderos presidente y vicepresidente de Nicaragua, ya que la abstención fue mucho mayor que los votos que se adjudicaron ellos mismos. La mayoría de los nicaragüenses y el mundo entero, a excepción de unos diez países, no reconocen a Ortega y Murillo como legítimos gobernantes electos.
La demanda de la verdadera oposición es que se anule la farsa electoral y se convoque a nuevas elecciones con un árbitro verdaderamente limpio, independiente del poder ejecutivo, con observación nacional e internacional y hacer cambios profundos en el sistema institucional que ha sido destruido totalmente por Ortega y Murillo. Se impone un auténtico diálogo nacional donde estén representados todos los partidos políticos con real presencia nacional, la sociedad civil, los empresarios no solo del Cosep, las Iglesias católica y evangélica entre otras. No más promesas sino hechos reales que demuestren la voluntad de establecer una auténtica democracia en Nicaragua.
El autor es periodista.