Otra reflexión mía sobre este mismo tema es que debemos atraer a los hombres, atraerlos con una predicación más masculina y viril. Convencerlos de que el cristianismo es cosa de hombres, de muy hombres (y de mujeres muy mujeres): es dar la vida por lo que se cree (como literalmente lo están haciendo los nuevos mártires cristianos de Siria y países vecinos ocupados por terroristas). Es ser otros Cristos (el hombre más hombre que conozco). Y es que es más fácil devolver la trompada que poner la otra mejilla; es más fácil planear la venganza que perdonar y amar al enemigo. Es más fácil beberse en guaro el salario con los amigos que destinarlo desinteresada y responsablemente a las necesidades de la familia.
Mi modesta sugerencia a mis amigos párrocos: prioricen en sus homilías y en su evangelización a los hombres, principalmente a los jóvenes varones y pónganlos en posiciones de liderazgo. Me consta que si las acaparan las señoras, ahuyentan a los señores. Si las dominan los hombres, atraerán a las mujeres.
Sería conveniente también de parte de algunos párrocos una mayor comprensión, utilización y respeto a los respectivos carismas, llamado y espiritualidades de los distintos movimientos seglares; aceptar y usufructuar como vitales y propios de la Iglesia los dones carismáticos del Espíritu Santo. No solo tolerarlos como expresiones incómodas y peligrosas ya superadas y abandonadas a movimientos seglares particulares, distinto a como lo han venido pidiendo nuestros últimos papas, especialmente ahora el papa Francisco, quien el 14 de marzo pasado aprobó una carta (Iuvenescit Ecclesia) para todos los obispos católicos del mundo de la Congregación de la Doctrina de la Fe, de la que les copio a continuación algunos párrafos relevantes:
“La Iglesia rejuvenece por el poder del Evangelio y el Espíritu continuamente la renueva, edificándola y guiándola con diversos dones jerárquicos y carismáticos. El Concilio Vaticano II ha subrayado la maravillosa obra del Espíritu Santo que santifica al Pueblo de Dios, lo guía, lo adorna con virtudes y lo enriquece con gracias especiales para su edificación… De esta fuente manan los dones de revelación y las gracias de curar, y todos los demás carismas con que la Iglesia de Dios suele estar adornada…”
“…El santo padre Francisco recuerda que en esta tarea de la nueva evangelización es más necesario que nunca reconocer y apreciar los muchos carismas que pueden despertar y alimentar la vida de fe…”
“…Tanto antes como después del Concilio Vaticano II han surgido numerosos grupos eclesiales que constituyen un gran recurso de renovación para la Iglesia y para la urgente conversión pastoral y misionera de toda la vida eclesial… En esta perspectiva, los grupos de fieles, movimientos eclesiales y nuevas comunidades proponen formas renovadas de seguimiento de Cristo, llevando a los nuevos contextos sociales la atracción del encuentro con el Señor Jesús. Juan Pablo II reconoció en ellos una respuesta providencial suscitada por el Espíritu Santo reconociéndolo como una novedad inesperada, a veces incluso sorprendente… y de cuya existencia el corazón de la Iglesia se llena de alegría y gratitud…”
“…Estos carismas (concluye el documento vaticano) deben ser recibidos con gratitud y consuelo. Consideraciones similares se encuentran también en el Decreto conciliar sobre el apostolado de los laicos. El mismo documento señala cómo tales dones no deben ser considerados como opcionales en la vida de la Iglesia; más bien la recepción de estos carismas procede a cada uno de los creyentes el derecho y la obligación de ejercitarlos para bien de los hombres y edificación de la Iglesia”.
EL AUTOR ES MIEMBRO DEL CONSEJO DE COORDINADORES DE LA CIUDAD DE DIOS
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