Este grito resuena en toda Colombia después del plebiscito sobre el acuerdo gobierno Santos-FARC. Es el rechazo al espurio dilema “Aceptación del acuerdo capitulacionista, o guerra”. Ni siquiera las FARC lo tomaron así, por hoy. Los esfuerzos de Santos, posiblemente bien intencionados, llevaban al desastre pero le valieron el ya devaluado Nobel por la Paz, otorgado unas veces merecida y otras cuestionablemente por unos señores que pueden laurear cómodamente desde lejos cualquier tipo de paz —aunque sea injusta o suicida—. Al contrario, el pueblo colombiano dijo Sí a la paz, pero No a la entrega del país a una organización archicriminal. Sus actividades: terrorismo; asesinato; secuestro extorsivo; secuestro de menores para enlistarlos; violación sistemática de niñitas raptadas para “uso” de sus comandantes; ecocidio y narcotráfico. (Las FARC son el mayor cártel narcotraficante del planeta y han duplicado sus plantíos de coca). Por estas nobilísimas actividades revolucionarias, el acuerdo Santos-FARC proponía recompensarlas así:
Cinco diputados y cinco senadores, garantizados independientemente de cualquier elección; derecho a convertirse en fuerza política legítima; exoneración de penas por crímenes; penas simbólicas para crímenes de lesa humanidad; inmunidad si cualquiera de estos criminales es postulado para cargos electivos. Otras concesiones: Control de gran parte de las tierras que habrán de dedicarse a una urgente reforma agraria. No resumiremos otros premios para una organización profundamente debilitada desde que el presidente Álvaro Uribe les combatió sin pausa. (Irónicamente, Santos fue ministro clave durante aquella batalla). Hoy los efectivos narco-guerrilleros son 33 por ciento de lo que fueron. Contrario a lo ofrecido a las FARC, las Fuerzas Armadas y cualquiera que se haya opuesto en combate a aquellas ¡queda fuera de la “justicia” transicional si cometieron delitos durante la guerra!
En La Habana la dirigencia farcista se frotaba las manos. Raúl Castro se relamía de gusto. Desde el inicio, la sede de las negociaciones fue una penosa e injustificada sumisión. Los Castro no debieron ser anfitriones sino —por su historial— parte del equipo negociador de las FARC. Pero el “No” arruinó aquella fiesta y triunfó, no obstando factores como la campaña atemorizadora del Gobierno (“el No es la guerra”); el ventajismo gubernamental en recursos propagandísticos; la tendenciosa formulación de la pregunta del plebiscito, y la decisión ilegal del reducir al 13 por ciento del registro electoral el número de votantes necesarios para legitimar el proceso.
La baja concurrencia de votantes (aproximadamente 40 %) sorprendió a ambos bandos, pero la validez del plebiscito fue incuestionable, de acuerdo con las reglas establecidas por el Gobierno, que lo aceptó democráticamente, lo mismo que todo el pueblo colombiano. ¡Hermosa lección cívica! El argumento de que el Sí predominó en el campo —el cual sufre la mayor violencia e implicando que esto le dio mayor peso— no menciona el efecto de la falacia (“Sí o guerra”) sobre una población agobiada, e ignora la intimidación terrorista sobre muchas zonas rurales.
Después del No, la paz tiene más que nunca una posibilidad real, por medio de una renegociación digna del pueblo que no aceptó las aherrojantes condiciones de un grupo criminal en declive. Aunque muchos recetan la sumisión indecorosa (es un simpático “remedio” pro-paz) Colombia la rechazó: No hay paz sin justicia. El Premio Nobel conferido a Santos deberá estimularlo para buscar una vía realista y digna, aunque los verdaderos obligados son los narco-socialistas que desangran a Colombia. Habrá grandes retos y sacrificios durante las re-negociaciones del Estado con los narco-terroristas, pero la paz verdadera (y no a cualquier precio) terminará reinando en ese país.
El autor es Doctor (Ph.D). en Estudios Internacionales.