Evangelizando, templos
Gonzalo Cardenal M.

El mundo y nuestra Iglesia (I )

Aceptando de antemano lo aventurado y riesgoso de caer en el simplismo, desbalance o inexactitud al tratar de sintetizar en esta pequeña columna una descripción del mundo y de nuestra querida Iglesia desde mi limitado punto de vista personal y seglar. Pero por petición de algunos de mis lectores, me atrevo a hacer mi propia semblanza.

Ante todo, debemos partir y agradecer a Dios por la calidad de nuestro clero: la brillantez, el indiscutible amor y compromiso con su pueblo de nuestros obispos y gran valentía de algunos de ellos. Es notoria también la virtuosidad de casi todos nuestros sacerdotes, su ejemplar entrega al cuido espiritual de sus feligreses; su humildad, porque a casi todos les ha tocado compartir la pobreza de sus conciudadanos. Me consta que para algunos, de forma heroica. Pero el principal sacrificio que exige esta vocación es la soledad. Muchos de ellos me han confiado que el problema del celibato se queda chiquito comparado con la soledad, aún para los que viven en comunidad.

Reconozco que lo bueno es enemigo de lo perfecto y que estas personas consagradas totalmente a Dios para servir por entero a su prójimo, no son ángeles sino hombres como ustedes mis lectores y el que escribe, sometidos a nuestras mismas debilidades e imperfecciones propias de una naturaleza caída por el pecado.

No obstante lo anterior, y aunque sé que yo no soy nadie para pedir nada ante personas tan dignas de reconocimiento y agradecimiento, aspiro y me ilusiona por amor a mi Iglesia, verla dar un paso más adelante en santidad. Por ejemplo, me preocupa la debilidad de algunos sacerdotes con respecto a las tentaciones que está ejerciendo el poder político en ellos.

Me gustaría también  una mayor preparación en sus homilías y más impregnadas de la vida real. Me apena oír un sermón aburrido. Y generalmente no porque el predicador sea un mal orador, sino que muchas veces dan la sensación de que no sienten lo que dicen. Yo no sé qué pasa, porque todos los sacerdotes que conozco están apasionados por Jesús, pero a algunos no se les siente cuando predican sus homilías. De tal manera que, como escribió a propósito el sacerdote español M. Descalzo: “Si yo fuera profesor de un Seminario me preocuparía menos de que los alumnos se convirtieran en buenos oradores, como de que hablaran con el corazón, de cómo están viviendo lo que están predicando, de sus experiencias con Dios y con el prójimo”. Pero lo que algunas veces se encuentra uno es a eruditos bíblicos, teóricos de la fe, sabios en doctrina y moral. Muy ilustrados, y puede que uno salga de ahí sabiendo algo más… pero nada más.
También, como les insiste el papa Francisco, deben salir más a la periferia y traer de vuelta a tantos alejados. Me contaba un monseñor muy amigo mío que en una de las pasadas Semanas Santas, junto con un grupo de seminaristas recorrió parte de los barrios circundantes de la Carretera Vieja a León con la misión de reconquistar tantos disidentes, y el éxito fue total: Todos los que recibieron su prédica regresaron entusiasmados al seno de nuestra Iglesia… ¡y fueron centenares! Seguramente eso es lo que están necesitando, que tanto sacerdotes como laicos, nos acerquemos a ellos con el ofrecimiento de una vida comunitaria comprometida, calor humano, más desprendimiento y compromiso caritativo. Esto están encontrando de algunos otros lugares (es verdad que junto con muchas otras fallas humanas).
El próximo sábado continuaremos con esta mi visión de nuestra Iglesia.

EL AUTOR ES MIEMBRO DEL CONSEJO DE COORDINADORES DE LA CIUDAD DE DIOS.
[email protected]

COMENTARIOS

  1. El Observador
    Hace 10 años

    Da gusto leer la columna semanal del señor Cardenal, pero esta vez hizo algo muy especial, husando un lunguage muy sutil para criticar la actitud de «algunos» miembros del clero. Es lógico que siendo un verdadero cristiano, no quiera decirles las cosas de forma franca, pero cualquiera con dos dedos de frente sabe que esa crítica está bien fundamentada

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