Las cacerolas cuando están vacías tienden a ser subversivas. Son capaces de convertirse en “instrumentos de guerra” en las manifestaciones de protesta alentadas por el hambre. Un estómago también vacío es susceptible de unirse a la campaña en la suma de los factores que se conjugan alrededor de la necesidad primordial de vivir.
No es la primera vez que “las pailas” son alzadas al viento y contra los hombros de los ejecutivos culpables de que un utensilio tan útil para la conducción del placer y de la alimentación, vegete inoperante en la soledad huérfana de la cocina. Cuando está desprovisto de los ingredientes nutritivos es “una bomba de tiempo” con reloj vertical. La bomba ha estallado en el paraíso marino de Margarita, en Venezuela. El instrumento fue puesto en la boca del lenguaraz Nicolás Maduro, quien tuvo que recurrir al expediente populista de los besos para apaciguar a las impaciencias. No solo con los ósculos en el aire sino con el ofrecimiento de posibilitar viviendas populares. Pero la estrategia tuvo otros efectos. Sofocado por la ira de los rebeldes tuvo que enviarlos a prisión donde lo que tragaron fue la cosecha de las rejas.
Este es apenas un ángulo de la tragedia que envuelve a Venezuela desde que fue inaugurada en nombre del profanado libertador Simón Bolívar con la ambición de recorrer el trecho del siglo 21 diagramado en cada uno de sus días por los matices del alba. Lo de Margarita ha sido solo uno de “los botones de muestra” en un país tan rico. Antes de ser descubiertos los hallazgos del petróleo, Venezuela tenía la consideración cultural y económica de ser beneficiaria de contar con una próspera y plural civilización agraria por la extensión y fertilidad de sus tierras. Pero cuando saltó el auge del tesoro negro encima de la cultivación agrícola, la diversidad entró en crisis. Arturo Uslar Pietri en concomitancia con la “buena nueva” apta para la exportación, escribió un libro que él tituló La Civilización del Petróleo. El libro lo define como un profeta. Señala las razones por las cuales el descubrimiento no justificaba el motivo de la celebración, por el contrario: de la lamentación, una deducción aparentemente paradojal pero vertebrada por la lógica, apoyada con motivaciones y con argumentos que aluden críticamente la conducta del hombre. No fue el tesoro el culpable, fue el ejecutivo que no tuvo sesos para saberlo administrar. Le dieron “rienda suelta” a la exportación con fines más políticos que pragmáticos, una divisa desperdiciada que sirvió para ser herramienta de la corrupción.
La expansión sirvió para favorecer al grupo de amigos con el infortunio coincidente del descenso en vértigo del precio internacional. Uno de esos amigos es Raúl Castro, quien envió una carta que estaría mojada si las letras lloraran dirigida a Putin. Le pide auxilio ante la situación precaria de Venezuela, asfixiada por la aspiración de ser mitigante estable del fraterno.
Los titulares anuncian con vehemencia catastrófica las jornadas en las calles, la apelación manual de las cacerolas con la ausencia de toda posibilidad de diálogo entre las partes entumecido por la diatriba cotidiana de Nicolás Maduro. Mientras tanto se reduce la rentabilidad y se opaca el clima de la armonía en un ambiente en que se han extremado las posiciones. Ningún síntoma de que aparezca la mesura más que la dureza recíproca.
El autor es periodista.