En menos de dos meses Trump ha despedido a los principales jefes de su campaña. En junio despidió al gerente de su estrategia, Corey Lewandowsky, quien creía que había que dejar que Trump actuase espontáneamente, sin cortapisas. Asumió las riendas Paul Manafort, experimentado lobista republicano que en el pasado asesoró a dictadores. Se suponía que este iba a controlar a Trump y lo ajustaría a un discurso previamente preparado, sin exabruptos ni ataques personales, enfocándose en los temas principales de la campaña.
Ahora que todas las encuestas señalan que está perdiendo la batalla, y que el fuego se extiende hasta plantearse la posibilidad de que el Partido Republicano no solo pierda la contienda presidencial, sino el Senado y, lo más grave, la Cámara de Representantes, Trump parece haber tomado la decisión de poner nuevamente en el tapete su estilo improvisado y agresivo, su retórica nacional populista, contra las élites y los inmigrantes, sus ataques personales y su verborrea inflamatoria que le dio la victoria en las elecciones primarias ante 16 candidatos republicanos y le servirá, según él, para derrotar Hillary Clinton.
La escogencia de Stephen Bannon, una persona a quien la revista Bloomberg Business Week definió, el año pasado, como “el agente más peligroso de la política americana”, nos indica que Trump ya pasó el Rubicón. Algunos de los colegas de Bannon lo han definido como el Leni Riefenstahl del movimiento Tea Party, en alusión a la cineasta que realizó los grandes documentales propagandísticos de Adolf Hitler. Todo parece indicar que Trump, sabiendo que va a perder, prefiere morir como decimos “con las botas puestas” y lo único que ofrece es “metralla y más metralla”.
Por el otro lado, la señora Clinton, manejando su poderosa y bien aceitada maquinaria política continúa avanzando, aunque no logra pese a todos los esfuerzos publicitarios, despertar entusiasmo. Contando con un equipo de profesionales dirigidos por su marido, que ocupó ocho años el Salón Oval, todo parece ir sobre ruedas. No hay improvisación, no existen exabruptos, todo está como diría el famoso cómico mejicano Chespirito, “fríamente calculado”.
Una victoria de Trump, que en este momento se ve bastante difícil, nos enfrentaría con una política exterior norteamericana muy parecida a la que se jugó durante la Guerra Fría. Trump ha sido enfático, lo único que le interesan son aliados. No tiene ninguna pretensión mesiánica para exportar valores, lo que quiere son gente fiel a sus intereses.
En el caso de la señora Clinton, la cosa cambia. En primer lugar, doña Hillary sí sabe que es lo que hay que hacer y cómo hacerlo. Su diferencia con el presidente Obama es muy grande. Obama es un profesor, que ante todo y sobre todo lo que le interesa es la prudencia. Hombre cauto, poco deseoso de usar a fondo la maquinaria de poder que está en sus manos. Doña Hillary es todo lo contrario, como lo he repetido muchas veces, ella es un halcón, no le tiembla la mano para llevar a cabo cualquier acción sobre todo cuando están en juego los principios a los que ella profesa de: libertad, derechos humanos, libre comercio, estado de derecho, elecciones honestas, respeto al derecho a disentir. Doña Hillary en el poder usaría sin lugar a dudas todos los resortes, especialmente los económicos, para imponer sus ideales. En América Latina hay una serie de gobiernos que estarían en su mira, lo mejor que yo aconsejaría en ese caso es negociar, con ella o con su equipo, pero no queda otro camino que negociar. ¡Ya lo verán!
El autor es abogado.