Nasere Habed López

Vivimos en guerra

El siglo que vivimos se caracteriza por el desarrollo acelerado de la ciencia y la tecnología. La robótica, la inteligencia artificial, están remplazando el trabajo humano. Nos comunicamos al instante con cualquier persona del planeta; hemos aterrizado  en la Luna y estamos explorando los anillos de Júpiter y los confines del universo. En contraste con ese desarrollo impresionante, el nivel moral de la humanidad ha retrocedido a los albores de la civilización. Domina cada vez más la cultura de corrupción y  muerte,  “la cultura necrófila”, como la llama Jorge Sánchez Azcona (Ética y Poder).

Son noticia de todos los días, los asesinatos masivos, el terrorismo, las torturas, los crímenes racistas, los asesinatos atroces y otras manifestaciones de extrema violencia, que indujeron al papa Francisco expresar: “Estamos en guerra”, agregando a continuación: “Cuando hablo de la guerra hablo de la guerra de los intereses, por el dinero, por los recursos de la naturaleza…”

En armonía con las palabras del sumo pontífice consideramos que la causa principal de la guerra es la codicia, el afán desmedido de riqueza y poder. En  el  mismo tenor, la Biblia expresa: “¿De dónde nacen las riñas y pleitos entre ustedes? ¿No es de sus pasiones, las cuales hacen la guerra en sus miembros?  Codician y no lo logran, matan y arden de envidia…” (Santiago 4:1-2).

La codicia ha sido el motor generador de las guerras a través de los siglos. ¿Qué fue si no la codicia de los países europeos la que impulsó las guerras de conquistas y colonización de América, África, Oceanía y Medio Oriente? ¿Qué  fue si no la codicia la causa de las Guerras  de Alejandro Magno, la Guerra de Expansión  de Carlomagno, las Guerras de Gengis Khan, la  Guerra de los 100 Años, la Guerra de los 30 Años, la Guerra de los 7 Años, las Guerras  de Napoleón, la Guerra Mexicana-Estadounidense, las Guerras Mundiales y tantas otras. ¿Quién puede negar que el afán de lucro de los fabricantes de armas es una de las causas de las guerras.

“No matarás”, es un mandamiento de la ley de Dios, que se ignora por las cegueras morales que causa la guerra. Hay quienes se sienten orgullosos y hasta son condecorados  por haber matado  muchos adversarios.

La frecuencia histórica de las guerras y la falta de sensibilidad frente a la muerte del prójimo, nos hace pensar que estamos quedando vacíos de amor y misericordia. A falta de esas virtudes, estamos llenando nuestros corazones de codicia. Es más importante el dinero que la vida del prójimo. Una ilustración al respecto es la anécdota “Matar a su Mandarín” que reproduce Freud:

“En un pasaje de las obras de J.J. Rousseau, el  autor pregunta al lector qué haría (desde luego, sin tener que abandonar París y sin correr el peligro de ser descubierto), si pudiese matar por simple acto de voluntad a un viejo mandarín  que vive en China y cuya muerte le produciría gran beneficio. El autor nos deja adivinar que no considera muy grande las posibilidades de vida de ese dignatario” (Freud, La Guerra y la Muerte).

¿Qué  puede hacer la humanidad para enfrentar la cultura de la codicia y de la guerra? “¿Existe un camino que permita escapar del destino de la guerra?” pregunta Albert Einstein a Freud (Carta de 3 de julio, 1932).

En escrito de respuesta el creador del psicoanálisis expresa: “Todo lo que establezca vínculos afectivos entre los hombres, actúa contra la guerra”. Estos lazos son, según Freud, el amor al prójimo, los intereses comunes y el imperio de la razón,  es decir, del  juicio crítico que nos permite analizar, comprender y sentir en carne propia, los males de la guerra.

La Historia Universal no solo debe ser la historia de las guerras a través de los siglos, sino la escuela que enseña los daños irreparables que causa la guerra: Aniquilación, hambre, dolor, angustia, destrucción de costosos bienes materiales y migraciones masivas.
Debemos tener plena conciencia, que con el avance  nuclear y las armas de destrucción masiva, una tercera guerra mundial llevaría a la desaparición de la especie humana.

 El Autor es Psicólogo, Doctor Honoris Causa de la Unan- Managua.

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COMENTARIOS

  1. el carolingio
    Hace 10 años

    Los seres humanos somo miopes,desconocemos el plan de Dios. Llegamos a viejos y morimos ignorantes.Le llamamos escuela a la vida y a duras penas vislumbramos sus ensenanzas. Cuando un religioso nos dice que el diablo domina el mundo no le creemos porque nos creemos buenos todos y solo miramos al diablo de los demas. Por eso pasa todo lo que Ud. dice

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