Continuando con mi anhelo de ver (antes de terminar mis días en este mundo) un cristianismo mundial verdaderamente unido, no me queda más que decirles a ustedes mis queridos lectores que como cristianos tenemos que encontrar urgentemente una base común; debemos estar en condiciones de tener una voz común con respecto a las grandes interrogantes del hombre y para dar testimonio de Cristo como el Dios vivo. Talvez no podamos realizar la plena unidad en un tiempo previsible, pero debemos hacer lo posible a fin de que realmente como cristianos cumplamos juntos esta misión, demos juntos un testimonio de unidad.
En el ecumenismo con las comunidades eclesiales de Occidente el Vaticano se concentra en los anglicanos, en la Federación Luterana Mundial, en la Alianza Reformada Mundial, y en el Consejo Metodista Mundial. Las puertas de Roma se han abierto ya para los anglicanos que quieran pasar a la Iglesia católica. Pero además, ahora ha facilitado —por primera vez la constitución apostólica— una estructura jurídica y organizativa propia para iglesias particulares, ya que antes, la representación de la unidad estaba asociada solamente a la imagen del regreso a la Iglesia latina.
Este paso es concebido por muchos grupos cristianos de todas las denominaciones como muy positivo y como un precedente para otros que quieran seguir los mismos pasos. De todos modos, es un intento de dar respuesta a ese desafío.
Hay que reconocer que esta última iniciativa no partió de los católicos, sino de obispos anglicanos que se pusieron en diálogo con la Congregación para la Doctrina de la Fe y tantearon el terreno para ver de qué forma podría producirse una unión. Dijeron además que compartían plenamente la fe que se describe en el Catecismo de la Iglesia católica y manifestaron que esa es exactamente su fe. Por ahora hay que ver en qué medida pueden preservar su tradición propia, su forma de vida propia con todas sus particularidades y evidente riqueza.
A partir de ahí surgió después esa otra admirable flexibilidad de la Iglesia católica como un ofrecimiento y respuesta a la iniciativa de los obispos anglicanos. ¿En qué medida se lo utilizará y sea capaz de sustentarse en la realidad? ¿Qué desarrollos y variaciones se darán en él? Son cuestiones que hay que esperar y ver. De todos modos, es un signo, digamos, de la apertura de la Iglesia católica.
Ahora bien, concluyendo: si bien el Vaticano parece no estar interesado en crear nuevas iglesias unidas, desea fervientemente ofrecer posibilidades para que tradiciones de iglesias particulares, tradiciones que han crecido fuera de la Iglesia romana, entren en comunión con el papa y, de ese modo, en la comunidad católica.
Hace unos pocos meses mi comunidad La Ciudad de Dios participó con todos sus miembros en una semana de oración, junto con grupos de todo el mundo y de todas las denominaciones cristianas a favor de la unidad de los cristianos. Y toda una semana del mes de marzo (las 24 horas de cada uno de los siete días con tres Eucaristías diarias) se dedicó también a orar por varias intenciones de nuestro país, de nosotros, y de nuestra Iglesia (incluyendo la unidad entre los cristianos). La llamamos “El Sitio de Jericó”. Pensé mucho antes de decidirme a testimoniarles lo que nosotros estamos haciendo, pero lo hago por si acaso alguno de mis lectores no sabe cómo contribuir con iniciativas semejantes, lo haga con nuestra arma más poderosa: la oración.
La principal fuente para estos tres artículos la obtuve de noticias vaticanas y del libro Luz del Mundo, del papa Benedicto XVI.
El autor es miembro del Consejo de Coordinadores de la Ciudad de Dios.
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