Julio es el mes que más garbo tiene en el canto para festejar las efemérides de las revoluciones. Eso ocurre principalmente en Nicaragua donde año con año se izan las banderas teóricas de la transformación con color más de euforia que de autenticidad. Menciono las fechas insertadas en el anuario: el 11 de julio para los liberales y el 19 de julio para los sandinistas. La primera motivación tuvo sus ecos en los cambios suscitados durante el gobierno de José Santos Zelaya. La segunda inspirada en la acción de Augusto César Sandino y sus tropas contra la ocupación de las tropas de Estados Unidos. En las dos rutas dominan escenarios pintados con el trágico colorido de la sangre, siendo más costosa en saldos la que aún trasciende en el temple de los nicaragüenses pues hasta el día de hoy se incrusta en el rango vibrante de la polémica si la segunda fue efectivamente una revolución. En la de los liberales prevalece el criterio de que, definida en el tiempo, el movimiento iniciado por Zelaya condujo formalmente a un efecto comprobado por las generaciones posteriores: la modernización del Estado.
Cada vez que es celebrada la convocatoria del 19 de julio, aupada por una pompa superior, se acentúa la creencia de que esta gesta va opacando las luces de la redención, de los tributos de ser una revolución liberadora de los entuertos pretéritos, llegándose a los extremos de calificarla como lo más lejano de su verosimilitud. No es revolución, es involución desde el mismo momento en que por una serie nutrida de circunstancias, de acaecimientos negativos contra el paso adelante se ha incurrido en la flojera del retroceso. Uno de los argumentos planteados por los tratadistas es que no puede haber transformación donde hay reelección, la rutina del continuismo. Eso para citar uno de los factores que han enturbiado el espejo de la tan publicitada categoría.
Muchos de la dirigencia primigenia se pusieron el abrigo teórico del marxismo. Salieron del escondite rebelándose como discípulos de esa proclama. Algunos de ellos se sienten frustrados con el revisionismo.
Finalmente ¿qué es revolución?, ¿qué enfoque podría dársele a este término debatido, tan lejano de la exactitud, acaso de la más cercana aproximación? ¿Qué explicación concomitante con la racionalidad podría conceptualizarla? Podrían calificarla hasta las actitudes sicopatológicas derivadas de frontales impulsos, del dogmatismo de los creyentes, considerada como una fuente de derecho. Puede ser el esfuerzo originalmente genuino de un cambio por la fuerza para mejorar y no empeorar al paciente. La revolución tiene tanto de flaquezas como de vigores. Generalmente el fantasma aparece transitando el dolor cetrino de las miserias aunque los analistas bañados por el chorro de la sabiduría estiman que debe estallar en países donde haya apogeo industrial, lo cual nunca ha tenido un punto en favor del resultado práctico porque su fenomenología depende de los azares o del capricho y de la cerrazón individualista de un solo caudillo, del único líder del partido único En esos casos pretenden insistir en el poder —ese embriagador posesivo— hasta convertir a la hipotética liberación en una monarquía sin corona. Me inclino por la revolución liberal por las conquistas que siguen vigentes, muchas de las cuales repercuten a favor de la prosperidad del Estado.
El autor es periodista.