Sumamente esclarecedor fue el discurso —así llamémoslo— con que Ortega roció a los nicaragüenses que tuvimos la inmensa paciencia e interés requeridos para escucharlo. Pues al desnudo quedaron muchas de sus angustias y ansiedades. Para empezar, la nube de lisonjas y expresiones de cariño en las que envolvió a Miguel Obando despiertan la sospecha de que quiere asegurarle que sigue “desviborizado”, por lo cual merece que el piadoso sacerdote, usando la influencia que le quede, neutralice a ciertos incomprensivos jerarcas católicos y haga entrar en razón a numerosos feligreses que, tercos, se empecinan en no darse cuenta de que están viviendo la más bonita de las vidas.
Luego, rodeado de costosísimas latas iluminadas a las que apodan “árboles”, sentado en un enflorado, lujoso, escenario, al que arribó encabezando una caravana de modestos Mercedes Benz que custodiaban cientos de escoltas, lo vimos muy compungido explicarle a decenas de miles de desmovilizados, lisiados de guerra y sus familias, que si una y otra vez los había engatusado con promesas, ofrecimientos y acuerdos más rápido quebrantados que firmados, había sido por falta de presupuesto. Y no se sonrojó cuando, muy serio, aseguró que esta vez no se mofaría de ellos; que consideraba un deber sagrado el cumplirles. Muy mala opinión debe tener Ortega de la inteligencia de los exmilitares.
Tampoco olvidó darle su dosis de cuerda a la juventud, por la que se desvive y trabaja denodadamente. Eso sí, debió ser más explícito: debió haberles explicado por qué les conviene elevar sus notas abandonando aulas para ir a rotondas y desfiles callejeros; o por qué hay que correr a aquellos maestros que, derechistas redomados, ven nocivas tales prácticas. Creo también que falló al no ofrecer, a la inmensa cantidad de jóvenes que, ¡créase o no!, desean emigrar, sufragarles los gastos de viaje. Presupuesto a cambio de remesas, no parece malo.
Después, recordando que ese día de 1979 una inmensa mayoría de ciudadanos apoyaba al gobierno que encabezaba, hizo un intento de apelar a la nostalgia que los recuerdos avivan en estas ocasiones: muy campantemente sostuvo que él y la escasa minoría que todavía lo apoya son los buenos, los sandinistas de verdad; y que los que en los años noventa dejaron de acompañarlo son “ratas”. Sospecho que no se dio cuenta de que, pretendiendo insultar a un grupo de personajes icónicos de la lucha contra el somocismo, estaba, junto con ellos, insultando a cientos de miles de nicaragüenses que en algún momento comprendieron que habían sido traicionados por Ortega y su cuadrilla de “leales”. Por esa banda de individuos que tan distantes están de aquel hombre que una vez proclamó: “El que de su Patria no exige ni un palmo de tierra para su sepultura merece ser oído, y no solo oído, sino que creído”.
De paso, nos reveló Ortega su rastrero sentido de lealtad. Pues la lealtad que ahí definió es la lealtad de un perrito, en cuya naturaleza animal no cabe el poseer y defender principios, más allá del de la sobrevivencia. Por ello, un perro no se pregunta si su amo, el que le da de comer, es bonito o feo, decente o criminal; el amo es simplemente el amo, haga lo que haga. Pero los seres humanos, al menos los que se respetan, no tienen más amos que sus principios. Por cualquier cosa, aclaro: no estoy entre los “insultados” por Ortega, pues el vaso de mi acosada paciencia se desbordó años antes de las elecciones de 1990.
Quiero por último referirme a la que acaso sea la angustia que más atormente a Ortega: la que le ocasiona la feroz lucha que ha librado por imponer la candidatura de su señora a la Vicepresidencia. Pues seguramente no se le oculta que un desenlace indeseable de esa lucha podría eventualmente desembocar en una Rosario borrada, con muy malos modales, del panorama político nacional. Y en dulces sueños dinásticos convertidos en atroces pesadillas. He aquí la razón por la que los gigantescos méritos, hasta ahora maquiavélicamente ignorados, que ella acumulara durante largos años de tenaz, suicida, lucha antisomocista, hayan, ¡al fin!, sido públicamente exhibidos, tras décadas de paciente, angelical, espera, por un feliz consorte rebosante de justo orgullo…
El autor es Presidente del Partido Acción Ciudadana (PAC).