teatro González
Juan Velásquez Molieri

Los laberintos de mi memoria

No es casual que olvide donde leí que Darío escribió que hay que leer tres veces El Quijote de la Mancha; la primera para reír, la segunda para pensar y la tercera para llorar. He comenzado la tercera lectura de la obra cumbre de la literatura castellana. Creía yo que la recordaba mucho, pero mientras avanzo, comprendo que sobre mi memoria vaga una sombra gris, como el espacio que rodea el arcoíris en mayo.

En el décimo tercer Simposium a Darío que con la ayuda de damas y jóvenes de León organiza la diputada María Manuela Sacasa, me pidieron que hablara a los estudiantes justamente del tema de la literatura, el idioma y la cultura de Darío, y se me ocurrió indicarle a los jóvenes presentes me dijeran que si alguna vez les tocaba estar un año en una isla desierta, me dijeran qué libros se llevarían consigo para leerlos. Algunos respondieron mencionando algunas obras e incluso libros de una escritora local. Ninguno de los jóvenes respondió como acertadamente es.

Porque en 2002 en ocasión de la entrega anual de los premios Nobel de Literatura en Suecia, colaboradores del certamen hicieron un estudio  sobre las obras más leídas en el mundo; estas fueron: El Quijote de la Mancha, toda la obra de Shakespeare; En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust; y La guerra y la paz de Tolstoi. Me extrañó no encontrar la mitológica literatura griega.

Evoqué haber leído tres de las cuatro obras, pero no recordarlas mucho. Recordé los consejos del Quijote a Sancho cómo gobernar  Barataria; el incidente entre el Capuleto Teobaldo  y el Montesco Mercuccio,  cuando Romeo le mata y la dolorosa expresión de este, con la espada ensangrentada. “Oh… soy un esclavo de mi destino…!” De Tolstoi, la entrada del ejército de Bonaparte a Moscú. Eso fue todo.

Leo diariamente porque me encanta leer, pero no recuerdo lo más de lo leído. Mi biblioteca es relativamente rica en obras que se debe leer más de una vez, pero mi naturaleza no admite mucho salir de un esquema de obras clásicas. Nunca he leído libros de Pablo Coelho ni de Isabel Allende. Después de leer a Carpentier o a García Márquez, no hay nada mejor, todavía. No me simpatiza la literatura sostenida en episodios históricos que abundan, porque lo escrito es una recreación de episodios históricos traídos a la narrativa. Creo que es absurdo imaginar una novela sobre el amor de París y Helena y los iracundos celos del obeso Menelao.

La pérdida de la memoria es progresiva e inevitable. Hay campos cerebrales en nuestro hipotálamo que adecuan la memoria en función del tiempo y la edad. Y son: lo actual, como la lectura del diario de hoy; lo medio, leído, vivido  o recordado hace pocos años; lo recordado siempre y el olvido, que es vivir en la penumbra. Sir Bertrand Russell escribió que cuando Dios formó la Humanidad se equivocó porque, aseguró, Dios debió haberle dado experiencia y serenidad senil a la juventud y la aventura y la locura juvenil a la ancianidad. El mundo sería otro, si el Padre Celestial nos habría creado así.

Lo correcto ahora es cuidarse. Alimentarse sanamente; frutas, vegetales, aves, pescado; ejercitarse prudentemente y prepararse para el visado sin retorno. Leer lo que agrade y hacer todo lo bueno y posible para no lamentarlo. Pasear con mi amigo el poeta Álvaro Urtecho, ya celeste, era viajar al campo. “Quiero ver el verde, que es el símbolo del renacer”, me decía.

El autor es abogado y Notario.  

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