Max L. Lacayo

Coqueteo con el poder dinástico

Apenas se vislumbraba en los Estados Unidos (EE. UU.), en el 2014, la posibilidad que Jeb Bush y Hillary Clinton fueran los eventuales candidatos presidenciales por los partidos republicano y demócrata, respectivamente, en las elecciones generales de 2016, cuando se despertó un intenso debate público sobre la “clase política” y el dominio de las familias Bush y Clinton en el escenario político de las últimas décadas. El primero es hermano e hijo de presidentes y nieto de senador, la segunda es esposa de presidente.

Desde sus orígenes, como república, EE. UU. ha profesado el rechazo a todo vestigio dinástico. Sin embargo, de los 43 hombres que han servido como presidentes, ocho de ellos descienden de cuatro familias (dos de cada una de las familias Adams, Harrison, Roosevelt y Bush). Aunque Jeb Bush perdió este año las elecciones primarias del Partido Republicano, Hillary Clinton es la presunta candidata presidencial por el Partido Demócrata.

De ganar la señora Clinton las elecciones presidenciales el próximo noviembre, el conteo cambiaría a diez presidentes (de 44) descendientes de cinco familias. En un país avanzado y con una población de más de 300 millones de habitantes.

Aunque esto pareciera un simple coqueteo con el poder dinástico, a veces tiende a engendrar una alta concentración de poder. Aún así, es generalmente aceptado cuando el nombre del político es asociado con buena reputación, al menos dentro del círculo de su propio partido.

Para dichas organizaciones, la selección de candidatos entre las familias con tradición política es una tentación por el fácil reconocimiento del nombre del contendiente y la posibilidad de introducirlo como candidato competente y probo, por la manera en que tal reconocimiento facilita la captación de contribuciones y por la instantánea red de conexiones políticas que dicho candidato arrastra.

En el caso de la señora Clinton, su partido cuenta con una candidata marcada por una aguda percepción dual: Por una parte, ella representa los relativos triunfos de los dos períodos presidenciales de su marido. Por otra parte, por décadas, hasta hoy día, tanto ella como su marido han sido el epicentro de múltiples investigaciones de corrupción. Esto ha traído consigo cierto elemento de fatiga, lo que los votantes del Partido Demócrata están tratando de sortear antes de las elecciones.

Asumiendo que la señora Clinton sea electa presidenta de los EE. UU. a finales de este año bajo la premisa que los votantes se equivocaron y ella no sea capaz de gobernar de manera digna y competente, el pueblo estadounidense tomará nota y le impediría reelegirse al segundo término a que tienen derecho los presidentes en esa nación.

No podríamos hacer suficiente énfasis en el hecho que el poder engendra poder y en la consideración que ello se presta a excesos, controversias y polarización, como hemos apreciado en las familias Clinton y Bush. Si bien la consecuente fatiga nacional le costó a Jeb Bush la nominación a la candidatura presidencial, bien podría costarle a Hillary Clinton la elección presidencial.

Todo esto indica que en las verdaderas democracias, ese sentimiento que arrastra a los políticos a creer que el poder es simple objeto de su pertenencia, tarde o temprano encuentra una corrección en las urnas electorales.

En contraste, en Nicaragua, ese mismo sentimiento de dinastía familiar se asocia con un largo período de tendencia dictatorial en el siglo XX. La familia Somoza, por casi medio siglo resistió todo esfuerzo cívico que pretendiera modernizar las estructuras políticas de la nación.

Tomó un elaborado, amplio y sangriento proceso internacional para dar al traste, en 1979, con el poder de la familia Somoza en Nicaragua.

Desafortunadamente, la radicalización del sistema que reemplazó al general Anastasio Somoza en el 1979 acentuó el poder dictatorial y redefinió los términos de arbitrariedad, nepotismo y crueldad.

Mientras el votante en Nicaragua permanece traicionado por la masiva negligencia y deshonor de las organizaciones políticas y otros núcleos de poder, el actual poder dictatorial continúa en su firme marcha hacia la instauración de un modelo de dictadura dinástica que de manera singular pretende, a pesar de su axiomática transitoriedad, destruir ese camino al que Gandhi llama paz.
El autor es economista y escritor.

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