En materia de derechos y libertades el nicaragüense está viviendo el cuento de la rana en la porra de agua. El agua fresca de la porra se ha venido calentando lentamente y los derechos van quedando cocinados sin que nos demos cuenta.
Esto comenzó en el 2000, cuando mediante el pacto político el Frente Sandinista (FSLN) de Daniel Ortega y el Partido Liberal Constitucionalista (PLC) de Arnoldo Alemán decidieron que en este país el poder político solo sería disputado por ellos dos. Bueno, esa era la idea de Alemán, la idea de Ortega era el control absoluto.
Es por eso que de 24 partidos que participaron en las elecciones de 1996, en el año 2001 solo participaron tres. Eso no causó alarma. Esos 24 partidos eran una locura.
Luego vino el 2004 y ante un PLC corroído por la corrupción y las luchas internas, la idea de Ortega comenzó a tomar forma. En 2004, el Consejo Electoral
calladamente empezaba a ser controlado por Ortega y ensayó un fraude de laboratorio. En Granada, donde ganó el candidato de Alianza por la República (Apre), el CSE perpetró un minifraude. Le arrebató la Alcaldía. Algo tan pequeño no preocupó a nadie.
Pero ningún plan es perfecto y en las elecciones de 2006 surgieron cuatro fuerzas: PLC, FSLN, Alianza Liberal Nicaragüense (ALN) y Movimiento Renovador Sandinista (MRS), las cuatro tenían, según encuestas de entonces, una intención de voto más o menos similar. Sin embargo, el candidato presidencial del MRS, el carismático Herty Lewites, exalcalde de Managua, falleció cinco meses antes y las elecciones pensadas a cuatro bandas con una segunda vuelta garantizada pasaron a ser a tres bandas. El resultado es historia.
No obstante, el experimento electoral fue ampliado. En 2006 el CSE paró de contar votos cuando llegó al 92 por ciento del escrutinio; pero el regreso de Ortega al poder fue mayor preocupación que el ocho por ciento sin contar y el debate sobre la falta del CSE no duró mucho.
En las municipales del 2008 Ortega ya estaba claro de que de la Alcaldía de Managua salían candidatos presidenciales formidables, así que se dejó de experimentos y cometió fraude en Managua y otras 39 alcaldías. De nuevo contó con la complicidad del PLC, que esta vez actuó más como subordinado que como socio.
El fraude fue tan descarado que ya dejaba al desnudo las verdaderas intenciones del plan: que el votante perdiera confianza en el proceso electoral. Y funcionó. En las elecciones de 2011 la abstención fue alta, pero aun así el FSLN no permitió hacer su trabajo a los observadores.
La Misión de Observación de la Unión Europea calificó el proceso de “opaco”. El resultado de esa “opacidad”: el sandinismo se asignó más de sesenta diputaciones y una victoria aplastante. La frustración del votante fue mayor.
Pero el plan avanza. En 2016 no hay observación, no existe oposición real en la boleta y el CSE ejecuta el Calendario Electoral por llenar el trámite. El abstencionismo podría alcanzar nuevos récords, lo que daría un porcentaje del voto sandinista mayor a 2011.
Ante esta hoja de ruta, cuando el agua está casi hirviendo y la rana moribunda, la posibilidad de que las elecciones de 2021 ni siquiera se realicen es muy real.