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Marvin Saballos

70 años de JEA

Arriba a los setenta años de edad el polígrafo y polímata de Nicaragua, doctor Jorge Eduardo Arellano (JEA), y los llega en siempre fecunda producción intelectual. JEA, por sus siglas, ha sido merecidamente llamado el polígrafo de Nicaragua. “Méritos, no únicamente académicos, sino como creador, editor e investigador, o sea un verdadero polígrafo”, dijo al respecto José Jirón Terán, el gran dariista. Y polímata, o sea “persona con grandes conocimientos científicos o humanistas”, tal como define el diccionario, —agrego yo—, ya que para escribir tanto sobre mucho, hay que también ser polímata.

En la compilación que realiza Pablo Kraudy registrando el medio siglo de creación intelectual de JEA (2014), se consigna la apreciación de Pablo Antonio Cuadra (1989): “Jorge Eduardo Arellano, fenómeno de nuestra cultura nicaragüense, poeta, crítico, historiador, lingüista, polígrafo, capaz de cansar diez imprentas, de tener encintas a las nueve musas y de llenar una biblioteca solo con sus obras”.

Nicaragua, su cultura y su historia son sus temas predilectos, en palabras de Horacio Peña (2011): “Nada de lo nicaragüense le es ajeno… Cada libro o ensayo o artículo de Arellano es una revelación, un descubrimiento que nos ayuda a tocar el alma nacional”.

Su obra es reconocida internacionalmente. Imposible sería aquí reseñar su inmensa bibliografía y premios. Anotemos su primera publicación lírica, el poemario La estrella perdida (1969), y la última, el ensayo histórico Tacho Somoza y su poder (abril 2016).

Es también un cronista en los periódicos y revistas nacionales, sus crónicas históricas, literarias, de cultura general, son para el lector un permanente magisterio sobre la cultura nacional.

Conocí a JEA en 1971, fue mi maestro de Historia de la Cultura, en el Año Básico de la UNAN, en el Recinto Universitario Rubén Darío. La sala de clases era una pequeña aula para veinte personas, al costado izquierdo del célebre Auditorio XII; aunque en aquellos años el Recinto gozaba del frescor del bosque de las sierras, que se derramaba hasta sus campos, el aula era muy calurosa, por lo estrecha. Largo pizarrón verde de tiza blanca, JEA llegaba siempre desbordante de energía y convertía aquella clase en un dinámico y estimulante diálogo intelectual, en que cimentábamos el aprecio a nuestro idioma y el amor a la cultura nicaragüense. En medio del entusiasmo, el veinteañero, pero ya sólido maestro, cuando tenía lleno el pizarrón de citas, para borrar la tiza usaba el pañuelo con el cual momentos antes se había secado el sudor. El borrador, en un rincón, dormía con el soporífero calor, no así los estudiantes, que animados con la entusiasta voz y actitud del juvenil docente, disfrutábamos un refrigerio intelectual. Yo, ya había leído artículos de JEA en el diario LA PRENSA y algunas primeras publicaciones que me permitieron vislumbrar aspectos poco divulgados de la historia y cultura nicaragüense, como el Panorama de la Literatura Nicaragüense. De Colón a finales de la Colonia, publicado por Ediciones del Centenario de Rubén Darío en 1966, y sabía del reconocimiento que muy tempranamente habían hecho de su obra y persona.

Lo he vuelto a encontrar ya en estos años de madurez vital y sigue siendo el mismo entusiasta que generosamente comparte su inmenso haber y saber intelectual, con quienes, en consulta, se acercan a él.

JEA se ha autodefinido como “hiperbólico” o sea desmesurado, y tendrá razón, es obsesivo en lo que se compromete, defiende y promueve intensamente sus perspectivas, al punto de que frecuentemente se aboca a polémicas.

Es quizá esa misma energía desbordante lo que le ha permitido mantener en sus siete décadas de vida esa espléndida capacidad creadora, producción intelectual, generosa amistad y magisterio cultural. Seguro que el torrente de su fecunda creatividad continuará fertilizando los campos de la cultura nacional.

El autor es sociólogo

Opinión Jorge Eduardo Arellano Nicaragua archivo
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