Fernando Bárcenas

Confesiones de un aspirante presidencial

Eduardo Montealegre, actual dirigente del PLI, ha escrito un libro de memorias, del cual publica un extracto para suscitar cierta atención publicitaria hacia él mismo. En dicho extracto relata una negociación secreta entre él y José Rizo, ya que en mayo de 2006 ambos se presentaban en disputa, ante el CSE, como candidatos a la Presidencia, a sabiendas que así, divididos, era matemáticamente segura la victoria de Ortega en los comicios que se efectuarían en noviembre de ese año.

Se desprende del relato que en esa reunión oculta Rizo y Montealegre tenían en mente únicamente el futuro de sus respectivas ambiciones personales, al margen de los intereses nacionales.

Ambiciones que, aunque de carácter mezquino, desafortunadamente influyeron decisivamente en la consolidación del régimen dictatorial orteguista en Nicaragua.

Entonces la realidad política mostraba una profunda tendencia hacia la degradación, dado el prolongado reflujo de las luchas de masas. Se centraba la política en caudillismos rivales abiertamente corruptos, de Alemán y de Ortega, a veces coincidentes mediante pactos repugnantes. Los candidatos reunidos subrepticiamente eran parte del liberalismo, desintegrado por Alemán.

Ineluctablemente, sin estrategia contraria, la política nacional culminaría con la prevalencia del caudillo con mayor impunidad. En la lógica retorcida de la corrupción nada hay tan apreciable como los vínculos con las estructuras de poder, que garantizan impunidad o… selecto castigo.

A la fecha de la reunión, Ortega ejercía un terrorismo callejero por dieciséis años, como medio de intimidación y de chantaje para acumular concesiones de poder. Le llamaba a ese vandalismo impune “gobernar desde abajo”. Y, en alguna medida, la impunidad es efectivamente muestra de poder real o de legalidad de facto. Disponía de influencia en la Policía, en el Ejército, en el poder judicial, en la Asamblea Nacional, entre los pandilleros de los barrios marginales, entre las células del aparato de inteligencia de los ochenta. Todo ello, lo volvía intocable frente a un Estado en formación, incapaz aún de responder inobjetablemente al llamado del poder formal, lleno de agujeros orteguistas, como un colador.

En alguna medida existía cierta dualidad de poder sui géneris en este país, colapsado económica y políticamente, entre el lumpemproletariado alineado con Ortega y la oligarquía habituada a enriquecerse a orillas del Estado. Para colmo, el Estado renaciente se hallaba vorazmente asaltado por funcionarios corruptos de nuevo cuño, descarados compañeros de aventura de Alemán, que debilitaban una opción democrática, distinta a la amenaza de ambos caudillos. Ortega se fortalecía cada vez más, por vías de hecho, sumando corruptos bajo la protección de la impunidad.

La falta de una burguesía progresista, industrial y financiera, que desarrollara las fuerzas productivas, dejaba el rumbo del país en manos de una oligarquía hegemónica que, a salto de mata, cazaba oportunidades de acaparar privilegios y prebendas, vendiéndole el alma al diablo, sin estrategia política de desarrollo nacional.

Este panorama sombrío era propicio para que sobresalieran señores de horca y cuchillo, como caudillos independientes de la sociedad, que disfrazaban su ejército de secuaces como partido político, para adueñarse formalmente, en comicios desacreditados, de las instituciones del Estado que integrarían a la red organizativa del propio cártel de negocios.

Montealegre describe detalladamente el curso de las negociaciones entre ambos aspirantes a la Presidencia, compelidos a presentar una fórmula unitaria por evidente interés mutuo. Se trataba de definir, en dicha reunión, quién sería el candidato a la Presidencia en ese período, y quién en el siguiente. Y qué apetitosas concesiones le darían al que pospusiera su candidatura.

No hay, por asomo, en las confesiones de Montealegre, una estrategia para frenar el avance de Ortega, ni para enderezar la deformación nefasta, de carácter mafioso, que introducía Alemán en el Estado. Rizo era un simple vocero de Alemán, con el cual era tonto negociar al puesto de su jefe.

¿En torno a qué no hubo acuerdo? Montealegre pedía veinte diputados en posiciones ganadoras, y Alemán, por medio de Rizo, ofrecía 15. Con esta anécdota sobre tal desacuerdo miserable, Montealegre ilusamente piensa que no resultará culpable ante la historia por facilitar la instauración de la dictadura orteguista, sino, con tales negociaciones fallidas, cree candorosamente que habrá quien —despreciando las graves consecuencias políticas— diga que fue un infeliz ambicioso, pero… razonable.

El autor es ingeniero eléctrico.

COMENTARIOS

  1. galopinto
    Hace 10 años

    Muy buen analisis de la politica criolla meramente nicaraguense, que no se encuentra estancada en el tiempo y el espacio. Su articulo tiene vigencia hoy , como la tuvo ayer. Hoy en dia estamos en las manos de señores feuudales, mafiosos al mejor estilo de los que gobiernan el estado fallido de Somalia. Solo que aqui , la alianza es de la mafia politica armada , callejera con la oligarquia tradicional , que sirve no solo para otorgarle legitimidad a la mafia imperante sino que le sirve de consejeros para legalizar su capital. Y los pobres de mi pais? con su rica ignorancia apoyando a sus opresores a cambio de laminas de zinc, galllinas y chanchos y una vacua promesa de un canal inter aéreo o quizas solamente etéreo.

  2. Néstor Gaitan
    Hace 10 años

    A
    Confesión de parte…

  3. Pensador
    Hace 10 años

    Que buen articulo del Sr. Barcenas..! En resumen estamos como estamos , por que asi queremos estar, y punto. Sin rumbo ni esperanzas de un mejor mañana..! En manos solo de bandidos..!

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