Porn and the treat to virility es el titular de un artículo de Belinda Luscombe —muy bien documentado, testimonial y escrupulosamente científico— de la revista Time del 11 de abril pasado, refiriéndose a la pornografía.
El artículo dice básicamente que los hombres asiduos a la pornografía (adictos les llaman muchos) están teniendo problemas en su sexualidad, por más atractiva que fuera para ellos la compañera sexual. “La mente percibe la atracción, pero el cuerpo no les responde… a menos que haya alguna conexión con lo porno”. Cada vez más jóvenes (y otros no tan jóvenes) se quejan de su impotencia por haber sido (principalmente en su adolescencia) “saboteados” sexualmente, sumergidos en pornografía. Un estudio reveló que “la pornografía entrena tu mente a necesitar todo lo relacionado al porno para excitarte más… pero menos con personas reales”.
No obstante lo anterior, esta generación está consumiendo un contenido de experiencia explícita sexual virtual en cantidad y variedad nunca antes posible, mediante medios de fácil, rápida y privada utilización, como el internet y todo eso a una edad cuando sus mentes están más moldeables, más propicias a cambios permanentes que otras épocas de sus vidas. La edad promedio de varones que comienza a ver pornografía es de 11 a 13 años. El 46 por ciento de hombres y el 16 por ciento de mujeres ven pornografía. Resultado aparente: quedan baldados, atrofiados de por vida. Aunque la articulista advierte que los resultados de las investigaciones, hechas hasta ahora en Estados Unidos y Europa, todavía no son totalmente concluyentes o definitivas y que ningún estudio podía afirmar que la pornografía dañara el cerebro. Pero todo señala hacia ahí.
Consecuentemente, esta disfuncionalidad sexual está haciendo que cada vez surjan, dentro de los consumidores de pornografía, más grupos comunitarios de compartir y de ayuda mutua, intentando salir, liberarse de la inclinación y adición. La pornografía siempre ha enfrentado críticas de los sectores religiosos, pero ahora, por primera vez, las mayores alarmas están viniendo de entre sus propios consumidores más entusiastas. Los variados casos que presenta el artículo alegan que “no están contra el sexo, que se liberaron de la pornografía precisamente para poder tener más sexo”.
Por supuesto que hay sectores mucho más amplios de gente interesada en combatir la pornografía, por razones distintas que van más allá de la impotencia, como son los que le atribuyen la degradación de la mujer y la violencia sexual.
Investigaciones del U.S. National Institutes of Health en 1992 revelaron que el 5 por ciento de todos los hombres experimentaron impotencia a los 40 años. Pero en un estudio del 2013 el Journal of Sexual Medicine reportó que el 26 por ciento de hombres adultos, de menos de 40 años, buscaron ayuda por impotencia sexual. Y un estudio del 2015 con el personal del ejército de los Estados Unidos, menor de 40 años, reportó deficiencias con la impotencia. Y un estudio suizo encontró en un tercio de sus encuestados esta deficiencia en edades entre 18 y 25 años. Y otro, sobre el comportamiento de la mente, de la universidad de Cambridge en el 2014 encontró que los hombres entre más consumían pornografía se volvían más impulsivos y tenían menos habilidad para retardar el placer sexual. Por otro lado, otro estudio norteamericano independiente del 2006 encontró que en solo febrero de ese año se produjeron 58 millones de visitas a videos de internet pornográfico. Y que solo 10 años después subió a 107 millones. Y uno de los sitios más populares reportó estar recibiendo 2.4 millones de visitantes por hora y que en el 2015 cada hora 4,392,486,580 personas alrededor del mundo vieron pornografía.
El autor es miembro del Consejo de Coordinadores d ela Ciudad de Dios.
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