Al final de la temporada seca, en nuestro verano tropical, el radiante amanecer enciende el bosque en una llamarada naranja, que parece brotar de las desnudas ramas y troncos de los árboles. Un bello espectáculo que amortaja la congoja de los campos resecos, las peñas peladas, el lastimero crujir de la hojarasca al paso vacilante de los animales que hurgan en busca del último rescoldo de alimento entre raíces y tallos marchitos.
Los campesinos, en coro con la naturaleza expectante claman por agua. “San Isidro Labrador quita el sol y pon el agua”, es un antiguo pregón, que aquí no suena a copla de juego infantil, sino a fervorosa oración suplicante. En una estampa atemporal, de los comarcales caminos rurales surgen las carretas haladas por sufridos bueyes, atronando el ambiente con su pesado andar, brom, brooom, borom, parecen preludiar la ansiada tormenta invernal que derramará el agua revitalizadora sobre plantas, bestias y seres humanos. Vienen de las comarcas circunvecinas de San Diego, El Coyolar, Palo Quemado… carretas engalanadas con flores y verdes ramas de los huertos cuidados con primor durante la sequía, convergen en la ermita de San Isidro, en Pochotillo; el mayordomo del año, con respeto y veneración llevará en su carreta la imagen del Santo Labriego, encabezando la procesión hacia la Iglesia parroquial del Santuario de la Virgen de Candelaria en la cercana ciudad de Diriomo, adonde celebrarán jubilosa misa de rogativa por las lluvias. Es el 15 de mayo y los “movimientos de agua” en los cielos despiertan las esperanzas campesinas. En los campos, del agua de los cielos se vive. Isidro fue campesino español quien vivió hacia el año 1100 y quien gracias a su devoción lograba la bendición de abundante producción en los cultivos.
Quien ha vivido en el campo comprende la ansiedad generada por la dureza y el ardor de la sequía, que como el polvo se cuela en todos los rincones del ambiente y de los hogares, hasta el último rincón del alma. Así entenderá porque Isidro subsiste como símbolo de esperanza. El año pasado, ante la prolongada sequía, ya a finales del mes de junio, con fe cristiana las comunidades decidieron organizar en la ermita de San Isidro una misa pidiendo al Señor Jesús por el agua y una procesión rogativa con la imagen de San Isidro por los caminos vecinales. En una tarde de cielos despejados, marchó la comunidad, animada con la alegre música de una banda filarmónica de “chicheros” y el tronar de cohetes artesanales; al llegar a la vivienda de don Pedro y doña Vilma, respetados líderes comunitarios, sorpresivamente se levantaron nubes y cayó un chubasco que empapó los campos y renovó la fe ancestral de los rogantes.
En Managua, este año se realizó con participación de comparsas provenientes de todo el país, un vistoso y alegre desfile de carnaval, un fenómeno reciente en nuestro país y que refleja cómo la globalización va influyendo y transformando nuestra matriz cultural; la cultura es un fenómeno dinámico y cambiante que permanentemente va expresando las contingencias de cada tiempo. Bienvenidas sean las nuevas manifestaciones culturales que animan las expresiones estéticas de nuestros artistas y la alegría popular. Pero es precisamente esta realidad cambiante la que da mayor valor a la pervivencia de expresiones culturales, como las carretas campesinas de San Isidro, en Pochotillo, que mantienen su vitalidad en las raíces agrarias nutridas por el agua de los cielos, que reverdecen los campos y sostienen las tradiciones culturales nicaragüenses.
El autor es sociólogo.