Marvin Saballos

85 años del terremoto de 1931

La tierra se sacudió violentamente y la casa de taquezal empezó a derrumbarse, el ingeniero civil Juan Paulino Rodríguez fue empujado hacia la calle por su colega, el ingeniero Napoleón Re, quien ya no pudo salir al quedar sepultado y muerto por los escombros, que en ese preciso instante le cayeron encima. La oficina daba hacia la calle y Rodríguez se encontraba sentado cerca de la puerta de entrada, lo que fue su salvación.

Re era un italiano que brindaba en Managua sus servicios de ingeniero, esa mañana del Martes Santo del 31 de marzo de 1931, se encontraba en su oficina revisando algunos trabajos con su compañero, cuando fueron sorprendidos por el sismo que destruyó a la capital nicaragüense por primera vez en el siglo XX, la segunda ocasión fue el terremoto navideño del 23 de diciembre de 1972. El ingeniero Re fue uno de los 1,100 muertos que dejó el terremoto 5.6 Richter de 1931.

La dolorosa experiencia la narra un sobreviviente de la tragedia, el ingeniero agrónomo Enrique Rodríguez, Ph. D., hijo de Juan Paulino. Para esa fecha, Enrique era un niño de seis años, ahora a sus 91 años es uno de los pocos testigos vivientes de la hecatombe y nos cuenta que los impactantes y dramáticos sucesos se mantienen vívidos en su memoria.

De la iglesia de Santo Domingo, una cuadra arriba, quedaba la casa grande de taquezal que su familia alquilaba; también se vino completamente al suelo, el niño Enrique salió llevando de la mano a su abuelita Rosaura Moreira, la pared del sitio en que se encontraban cayó momentos después con las réplicas sísmicas.

Al reunirse la familia no vieron al hermanito recién nacido, José Ignacio, tampoco a la niñera, empezaron a remover con desesperación los escombros, no aparecían; el padre salió a buscarlos y los encontró en casa de Aurora, la niñera, quien en medio de la conmoción, angustiada, había corrido con el niño para conocer el estado de su propia familia.

Al llegar la noche, la oscuridad y soledad eran totales, las familias se recogían en los patios, apenas se veían algunos candiles que se habían salvado; se escuchaban en medio del silencio los disparos que hacían los “marines” norteamericanos, quienes para la época ocupaban el país y se hicieron cargo del control policiaco de la ciudad devastada.

El niño podía ver destruida la calle que iba de la iglesia de Santo Domingo a Candelaria, al igual que la de Candelaria hacia el Parque Central, las iglesias derruidas, el mercado San Miguel incendiado, vio una gran grieta que se abrió de este a oeste sobre el camino que después fue la calle 15 de Septiembre, otra en el mismo sentido sobre la calle de la Cervecería hasta la loma de Chico Pelón. La familia fue a refugiarse cerca de un año a la hacienda “Panamá”, Tipitapa, mientras construían una casa enfrente de la colonia Dambach.

Una ventana al drama en el recuerdo de un sobreviviente.En manos de las iniciativas de sus habitantes, de manera relativamente rápida la ciudad fue siendo reconstruida. Para finales de los años treinta, era ya una ciudad con mayor identidad urbana que la anterior. La nueva Catedral, el Palacio Nacional, el Club Social, el Parque Central, edificios comerciales, hermosas residencias y casas populares, aunque muchas con los mismos pecados constructivos: el taquezal y faltas de control en la calidad de las construcciones. Pecados caramente pagados en el terremoto de 1972 y severa advertencia para el presente.

Podemos vivir en una zona altamente sísmica, pero construyendo antisísmicamente y desarrollando sistemas de prevención y atención de desastres, mitigaremos los daños; en ello algo hemos avanzado en los últimos años, para todos debe ser tarea permanente incorporar la cultura de prevención en nuestra identidad nacional. No hacerlo es suicidio colectivo.

El autor es Exdirector del Programa Cultura de Prevención UPAZ-ONU.
Opinión Nicaragua Terremoto archivo
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