El vehículo en el que viajaba Salvador Mejía, junto con dos amigos de fiesta, se sacudió violentamente por el impacto de otro carro que en el apuro los mandó a volar con todo y carrocería. Mejía salió por una ventana y su cuerpo impactó el pavimento como si de un doble de cine de acción se tratara.
Cuando abrió los ojos estaba en una cama de hospital, desorientado, no reconocía a nadie y tenía tubos que le salían de la garganta, de los brazos, de sus genitales y apenas podía moverse. Habían pasado dos meses del accidente y no podía recordar nada de ese día.
Hoy recuerda ese episodio de su vida en una banca de la Universidad Centroamericana después de sus habituales clases de karate. En el lado derecho de su rostro, un par de centímetros arriba de su ceja, un verdugón café deja ver las marcas de aquel accidente. Salvador, de estatura promedio, delgado, ojos pequeños, cabello negro y largo, camina siempre sonriente y con el brazo medio extendido para saludar a todo aquel que se tope con él.
En la universidad, donde también hizo su segunda carrera, todos lo reconocen por su actitud cariñosa y cuando se topa con alguien por primera vez es común ver gestos de sorpresa y confusión en el rostro de las personas a las que saluda. Incluso hay ocasiones en que se escuchan murmullos en los que unos a otros se preguntan “¿lo conocés?”

Salvador practica una terapia que él mismo inventó y nombró, “la terapia del saludo”. Consiste en que cada día que sale de su casa se equipa con una sonrisa y su mejor cara, extiende su mano y le deja ir una palabra que azota la mente de quien la recibe como una bala de cañón: “Bendiciones”, dice Mejía. Lo repite una, dos, tres, cuatro y tantas veces como personas se encuentre en su camino. Y si es de los más afortunados, le puede soltar un abrazo. Así de repente, sin motivo para usted, aunque para él tenga mucho sentido.
Pero antes Mejía no era así. Al contrario. A sus 19 años, cuando estaba en aquella cama de hospital y despertó, su familia ya se había preparado para lo peor, porque los doctores le auguraron que no se levantaría de aquella cama.
SIN ESPERANZA
Sus familiares ya habían comprado su ataúd, incluso una tía que vive en Estados Unidos vino a Nicaragua para ayudar económicamente con los gastos del sepelio. Sin embargo, conforme pasaban las semanas Mejía se fue estabilizando hasta que un día despertó del coma. Pero despertó con ganas de morir.
“Vuelvo del accidente sin poder hablar, no podía caminar, no dormía, tenía los nervios de punta, me daba miedo la gente, pasé varios días sin reconocer a nadie, caí en depresión. Traté de quitarme la vida. Solo quería morir”, recuerda.
En varias ocasiones intentó suicidarse. Una vez se tomó dos blísteres (paquetes de pastillas) para dormir, pero para su desgracia solo consiguió dormirse y cuando despertó se puso muy triste por estar vivo. En otra ocasión intentó cortarse las venas, pero las heridas que se causó no eran muy profundas y sobrevivió. A raíz de esto recibió apoyo por parte de un psiquiatra que lo diagnosticó con depresión e inmediatamente comenzó a tomar medicinas.
Él estaba enojado con Dios por traerlo de vuelta a la vida terrenal, pues asegura que cuando despertó del coma sintió que la paz y tranquilidad que había conseguido estando así se esfumaba de su cuerpo. “Yo le reclamaba a Dios ¿por qué me devolviste? ¿Por qué no me dejaste allá?”, confiesa.
Sin embargo, en medio de su desesperación nació de él una fuerza de superación que le hizo comprender que no podía pasar más tiempo en esa condición. Entonces comenzó a leer y buscar ayuda espiritual, quiso comprender su propósito de vida y se dio cuenta de que estar vivo era un regalo.
OTRA OPORTUNIDAD

“Al leer me di cuenta que todos somos parte de algún cuerpo y tenemos que relacionarnos, fui consciente que me iba a morir y no tenía relación con ninguna persona de mi casa y entonces comencé a conectarme con ellos saludándolos, después saludaba a mis vecinos y luego me nacía saludar a todas las personas en los lugares donde iba”, confiesa.
En 2015 terminó Psicología en la Universidad Centroamericana, su segunda carrera, con una tesis basada en su experiencia con la terapia del saludo. Actualmente está trabajando como docente en un centro de estudios y está en búsqueda de una beca para estudiar fuera del país.
Del accidente solo le quedaron los pocos recuerdos y las cicatrices. Aún no recuerda el momento en que salió volando del automóvil en el choque y cree que ese un mecanismo de autodefensa. El conductor que los impactó no recibió ningún castigo, por más que sus padres trataron de hacer Justicia con la Policía.