Joaquín Absalón Pastora. LA PRENSA/Yader Flores

“Bajo el divino imperio de la música”

Erika Lorenz en un ensayo editado por el Instituto Iberoamericano (Hamburgo 1956) con traducción y notas del alemán al español del recordado profesor Fidel Coloma,

Erika Lorenz en un ensayo editado por el Instituto Iberoamericano (Hamburgo 1956) con traducción y notas del alemán al español del recordado profesor Fidel Coloma, publicado en 1960 por la Académica Nicaragüense de la Lengua, pone a Rubén Darío “bajo el divino imperio de la música”.

Trazó la perspectiva de ser habitante notable de ese mundo no en el poema sino en el proemio (El canto errante) donde hace un anticipo, de su aspiración de la forma de consagrarse: “He querido ir hacia el porvenir, siempre con el divino imperio de la música”.

Erika Lorenz ocupó un buen trecho de su dedicación académica en la Universidad de Hamburgo. Si cierta fue su predisposición por la poesía en lenguas romances, no menos verdadero es que dentro de esa especialidad, su conocimiento profundo de la poesía de Rubén Darío, fulgura con destellos propios, en el cual por supuesto, la más alta de nuestras glorias aparece como protagonista esencial dentro de un cúmulo de metas, coincidencias y coyunturas históricas.

No está presente en ella el poeta que todos conocemos o aquel que en algunos casos emerge como andante en la superficie de la piel.

Rubén Darío en su dimensión en la atmósfera donde la música se lee, se escucha, se danza o se declama se pasea jubiloso en La marcha triunfal.
Músico de la poesía o poeta de la música. Para sacar un resultado, una definición no operada por la incógnita, había que viajar a las zonas del artista donde escasos habían entrado.

Latente el alma de la solfa para el romance atenuante. Escudriñar el fondo para ver dónde nace el procedimiento usado para exprimir ritmo, armonía y melodía.

¿Encontró Erika aridez en algunos de esos territorios conquistados por su investigación? Ella misma lo explica con su visualización, ella misma arma las columnas de su razonamiento.

Verlaine, frecuentemente mencionado en su relación con el simbolismo, hizo prenda en las minas del paisano inevitable. De ahí parte el producto melodioso de la lira cuyos brazos fueron alzados con atributos de solista.

Abre las predilecciones que desembocan en el camino que él busca, se decide como lo manifiesta el trabajo a “rendir cuenta de su qué hacer poético”, acentuada la disposición en La historia de mis libros (1912-1913), ya ante la vida en declive en sus ansias de descubrir nuevas formas.

Erika lo remonta a la adolescencia (1878-1881) cuando pone a llorar al laúd (Sollozos del laúd) el instrumento que preludia a la siempre viva guitarra.

Todo se hizo encanto en aquel periodo entre aguas melodiosas y una gran voz, Canto épico (1887), Cantos de vida y esperanza (1905), El canto errante (1907), Cantos a la Argentina (1910). Parece oírse al tenor en Baladas y Canciones.

Lo sospecho en un delirio en esta aria “Y vi un alma/ que sin calma/sus amores cantaba en tristes rumores/ y su ser/ conmover a las rocas parecía/ y era yo”.
En esta estrofa, fruto de edad fresca, muestra una lágrima del laúd, su afecto a la motivación barroca adornada con más de atavío en la solapa de su romanza. Rubén, lagrimoso con el laúd, alegre con el acordeón, místico con el órgano.

Cultura Rubén Darío archivo

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