Efectos de las pantallas
Gonzalo Cardenal M.

El amor al prójimo (I)

Hoy en día la mayoría de la gente cree que muchísimos de los desórdenes sociales y los problemas emocionales se deben a la falta de amor en el mundo. Pero el verdadero problema no es tanto la falta de amor —que sí la hay—, sino la forma cómo ahora los hombres entienden y expresan el amor.

En esta reflexión de hoy vamos a ver la diferencia que existe entre la concepción cristiana del amor y la concepción del amor que actualmente prevalece en el mundo. Son conceptos muy diferentes que debemos poder distinguir.

El hombre actual concibe el amor como un sentimiento, más que como una acción, en experimentar emociones que nos mueven actuar de acuerdo con ellas. Ya vimos algo de esto en mi reflexión pasada cuando hablábamos sobre el “amor a Dios”. Creen que aman solo cuando experimentan un sentimiento —llámese atracción, afecto, ternura, cariño o enamoramiento—, o cuando “sienten” compasión por un mundo que sufre. Pero este no es el punto de vista bíblico. Las emociones, son una gran ayuda, pero no son la realidad central en el amor.

El amor cristiano se encarna en las relaciones personales, basadas en un compromiso y se expresa en el interés, atención, cuido y servicio hacia los demás. Ante todo se refiere a la voluntad y a la forma de actuar, más que a las emociones.

Hoy comprendo mejor lo que el Señor nos quiso decir en Mateo 22:39: “El segundo es semejante a este: amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Les confieso que muchas veces no estoy satisfecho conmigo mismo, todo lo contrario; a veces detesto lo que hago y mi modo de ser. Tampoco puedo decir que “siento” un gran afecto por mi persona. Sin embargo, cuido muy bien de satisfacer mis necesidades físicas, emocionales y espirituales. Del mismo modo, de acuerdo con el mandato de Jesús, nosotros debemos tratar a los demás como nos tratamos a nosotros mismos, aún cuando no sintamos emociones o sentimientos.

Es importante señalar que el Señor también les dijo claramente a sus discípulos cómo debía ser ese amor entre ellos: “Así como yo los amo a ustedes, así deben amarse ustedes los unos a los otros” (Juan 13:34).

Jesús nunca escribió un libro con instrucciones concretas y prácticas de cómo amar, sin embargo, su vida misma era para ellos la definición del amor. No solo habían visto el amor personificado, observando cómo anduvo lleno de compasión entre la gente que sufría, sino que se vieron bendecidos personalmente al recibir ellos también su especial atención y su tierno cuido.

Por supuesto que ellos nunca olvidaron cómo le habían fallado. San Pedro —por ejemplo— había prometido serle fiel hasta el final, y aún morir por él, pero pronto descubrió su propia debilidad y se enfrentó a la vergüenza de su fracaso cuando lo negó. Dice la escritura en Lucas 22:54-62 que al negarlo por tercera vez, Jesús se volvió y lo miró… “Y salió de allí y lloró amargamente”. Pero también experimentó en su propio ser el amor del Señor que todo perdona, al oír tres días después el mensaje que el ángel les dio a María Magdalena y a las otras mujeres en la tumba vacía: “Vayan y digan a sus discípulos, y a Pedro…” (Marcos 16:7). Imagínense qué alivio y que profunda ternura han de haber provocado estas palabras en el corazón de San Pedro; el Señor lo había perdonado, y lo seguía amando y contándolo entre sus discípulos.

El autor es coordinador de la Ciudad de Dios.
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