En estas casi dos semanas que he permanecido en Corn Island cumpliendo labores de consultoría, he podido valorar, más que en las veces anteriores, este generoso regalo de la naturaleza, no solamente en sus indescriptibles bellezas escénicas y calidez de su gente, sino también lo que podríamos, haciendo de este lugar idílico un verdadero polo para el turismo de alto nivel.
A pesar que hay cada vez más visitantes extranjeros y nacionales, es preciso que deba crearse mayor infraestructura; los hoteles son todavía escasos y en esta época están a máxima capacidad, siendo difícil conseguir una habitación.
Los disponibles, sin excepción, son artesanales, con muy poca infraestructura, con un sentido más de solventar una necesidad perentoria que de ofrecer un servicio de calidad que verdaderamente encante al visitante. Un lugar así de extraordinario debería también proveer una magnífica experiencia de servicio al viajero.
Ojalá que nuestros empresarios puedan escoger este destino para desarrollar proyectos de turismo de alta etiqueta, de esos que verdaderamente aportan al PIB; no del visitante mochilero masivo que frecuentemente genera también graves pasivos ambientales y sociales.
Aquí los lugares para disfrutar de la rica gastronomía son relativamente pocos, aunque a precios convenientes; son más que todo casas de habitación, con oportunidades de mejora en el servicio al cliente.
Aquí parece que el tiempo se ralentiza, que todo transcurre en cámara lenta, menos los motociclistas, que en forma desaforada, apenas se les percibe el color de la ropa por la velocidad e imprudencia con que conducen.
No obstante esas velocidades, lo opuesto parece pasar cuando se es un cliente acostumbrado a esa vida rápida “del Pacífico”, en donde la prisa es una viciosa constante. Aquí uno tiene que esperar forzadamente la lenta atención de un mesero, la extrema parsimonia –a veces olvidadiza– de la preparación de los platillos, que al principio genera ansiedad, pero se termina internalizando como una parte más del ethos costeño, para quienes la vida acelerada no es solamente mala educación, sino un precursor de enfermedades. Y acaso tengan razón.
Los buenos modales hacia el visitante son sorprendentes: buenos días, hola, buenas tardes, buenas noches, son ejercidos rigurosamente, con una expresión de genuino agrado en los ojos, lo que deja estupefacto a los del Pacífico, porque la reacción primaria que uno tiene allá, es que si andas en solitario y ves a alguien a horas tempranas o tardías, experimentas alarma y el instinto de conservación toma el control. Nada de eso ocurre en este lugar, sus habitantes —en su abrumadora mayoría— son muy amables y cálidos.
Existe un sistema de encomiendas donde usted puede detener cualquier taxi y solicitarle llevar —típicamente comida— a cualquier lugar de la isla, por la mitad de la tarifa; así que por C$10.00 usted tiene un servicio delivery. No debe preocuparse por su extravío, pues aquí todo el mundo se conoce y la palabra tiene un alto valor.
Así que usted —mientras espera su lento platillo— tendrá la certeza de que está moviéndose dentro de una postal, observando paisajes impresionantes para disfrutar de lo mucho que se nos perdió mientras habíamos creído vivir, que es la capacidad de maravillarnos, de hacer pausas para reflexionar sobre aquellas cosas que pensamos no las necesitamos, pero que son, precisamente, el material primario de la vida —el tiempo— para admirar, para reaprender esa sensación de libertad que quedó dormida en nuestra infancia; a volver escuchar sonidos o sentir aromas en los que hemos extraviado el recuerdo, dándome cuenta que estoy en mi propio país, imaginando acaso un día, su posible futura grandeza.
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