Hagamos un experimento. Salgan a la calle y enseñen a algunos desconocidos una fotografía de una persona con Síndrome de Down. Pídanle a cada persona una descripción de la fotografía. Les puedo asegurar que un buen número de respuestas contendrán palabras como “mongol” o “retardado”.
Hagamos otro experimento. Pensemos en cuántas veces nosotros mismos hemos utilizado estos términos. Les aseguro que un buen número de ustedes pueden recordar algunas ocasiones en las cuales los han usado, incluso cariñosamente o para provocar risas entre amigos. Sin importar las circunstancias, hay que reconocer que el uso de estos términos es inadecuado y problemático.
Al igual que en otras sociedades, existe en Nicaragua la peligrosa tendencia de utilizar términos inapropiados, como lo son “mongol” y “retardado”, que logran colectivizar y generalizar las experiencias de personas viviendo con psicopatologías y condiciones neurológicas. Piensen en los experimentos que los invité a hacer: en nuestra sociedad, estos términos son utilizados sin censura para referirnos a de personas viviendo con síndrome de Down, Trastorno del Espectro Autista (TEA), discapacidad cognitiva, entre otros. El uso de estos términos logra agrupar bajo una misma categoría a individuos que sufren de condiciones mentales y neurológicas diversas: al utilizar palabras como “retardado”, promovemos una falta de sensibilidad ante los diferentes perfiles clínicos y psicológicos que caracterizan las varias condiciones que afectan la mente y el funcionamiento psicomotor.
Encima de lo mencionado, hay que reconocer que estas palabras son, en su esencia, insultos. El término “mongol”, por ejemplo, fue usado en el siglo XX con una perspectiva a favor del Occidente sugiriendo que los asiáticos (i.e. “mongoles”) son comparables con individuos con condiciones mentales disminuidas, ya que ambos grupos eran vistos como “sub-humanos”. Por otro lado, el término “retardado” sugiere de forma brusca una falta de habilidad o capacidad cualquiera. Al utilizar estos términos, no solo generalizamos las varias condiciones neurológicas que pueden afectar vidas, si no que inmediatamente sugerimos que estos individuos carecen de las herramientas internas para funcionar en la sociedad. Inconscientemente, hemos creado un mecanismo implícito que separa de la esencia de nuestra sociedad a un grupo de humanos que han sido catalogados como inútiles. Esto es inaceptable e incorrecto.
¿Qué podemos hacer para movernos hacia una sociedad más tolerante e inclusiva en cuanto a este aspecto? Nicaragua necesita absorber los principios de la neurodiversidad, un movimiento global que tiene como meta la creación de sociedades que acojan y destaquen las percepciones y experiencias únicas que marcan las identidades de individuos con condiciones neuropsicológicas. La neurodiversidad no pretende ignorar que dichos individuos viven con enfermedades con bases biológicas y que necesitan de nuestra ayuda en varios niveles. Al contrario, este movimiento destaca que, mientras no tengamos curas definitivas de carácter biogenético para estas enfermedades, debemos celebrar las identidades de individuos que caminan en el mundo viéndolo y entendiéndolo de una forma diferente, una forma que no es neurotípica.
Para promover la neurodiversidad, un paso importante es impulsar la creación artística en individuos con condiciones neuropsicológicas. Estas creaciones artísticas —sean pinturas, canciones, o dibujos— revelan qué significa vivir con una psicopatología. Al promover y apreciar el arte producida por individuos que no son neurotípicos, nosotros les abrimos las puertas para que aporten activamente a la cultura nicaragüense: podemos marcar un acento en la habilidad de estos humanos de contribuir a nuestra sociedad positivamente y borrar el daño que palabras como “mongol” han causado.
Para poder crear una Nicaragua más inclusiva es imperativo que adoptemos la neurodiversidad y que la promovamos en nuestras vidas diarias.
El autor estudia en Princeton.