Los partidos políticos en Nicaragua carecen de fundamentos ideológicos o filosóficos firmes que, como columna vertebral, los cohesionen y articulen, aunque medianamente los esbocen en sus documentos constitutivos.
En la práctica, su fundamento es la personalidad e influencias de sus dirigentes, lo que les impide evolucionar, formar cuadros destacados, relevo generacional auténtico, democratización interna, formulación de propuestas y debates sobre la adecuación del país a un orden político, económico y social acorde a las necesidades de la población y los nuevos tiempos.
En pocas palabras, las agrupaciones partidarias tienen dueños que atraen y hacen girar en su órbita a los demás; así seducen y conducen a grupos económicos, amigotes, amigos y su cadena de derivados, en una relación de fidelidad a cambio de concesiones y beneficios, sean tangibles o prometidos.
En su libro Cultura política nicaragüense (2004), Emilio Álvarez Montalván señaló al personalismo político como un contravalor evidenciado en la adhesión a personas y no a causas, obstáculo que históricamente nos aprisiona como nación.
El autor describió certeramente la relación entre dirigentes, adeptos y sus consecuencias: “A quien no reconoce defecto alguno y a quien considera pieza indispensable para la propia realización y seguridad del devoto. Ello conduce fácilmente al culto a la personalidad. En tal escenario, el líder se apodera de la voluntad de sus clientes, a quienes usa a su capricho y antojo, en toda clase de circunstancias. En esa situación el líder termina adueñándose de su partido…”
Esto es síntoma conocido en las agrupaciones nicaragüenses, sean llamadas de izquierda, de derecha o parientes de ambos, al final partes del mismo mal. Este personalismo eventualmente los ha llevado a rivalidades por cuotas de poder —no necesariamente por discrepancias de fondo— generando divisiones. Para Álvarez Montalván, esto “explica la enemistad encontrada que surge entre amigos por desacuerdos políticos, después de haber sido muy unidos”, puesto que “las facciones surgen con facilidad alrededor de personas que compiten por el poder”.
Todos hemos visto rupturas, coqueteos, vueltas al redil, nuevas rupturas y hasta conocidos intentos por “unidad” de partidos, cuyas causas han sido desacuerdos entre dueños y pretendientes. No conozco partido político, grande o pequeño, libre de personajes caudillescos ni exento de los vaivenes mencionados.
Para Álvarez Montalván, se trata del modelo imperante, parte de un todo inseparable en que “la disidencia, el pluralismo, la competencia, etc., pues no calzan en el diseño. Eso quiere decir que nuestros rasgos políticos como personalismo, autoritarismo, familismo, cortoplacismo, poca importancia del tiempo, patrimonialismo, trascendentalismo, visión mágica de la vida, violencia, arreglismo, etc.”, han llegado a ser elementos complementarios e indispensables.
Y así se mantiene un supuesto equilibrio, donde se beneficia la clase política y dominante, manteniendo a la pequeña población de ingresos medios y a la numerosa empobrecida, en estado de indolencia o a merced de favores sin posibilidades reales de progreso. Hasta que el partido de gobierno, garante de mantener para los demás el estatus quo, se satura de sus propios males, colapsa y es reemplazado por otro que retomará el control. Es nuestra historia.
Si algo ofrece esperanza en el sombrío panorama nacional, a pesar del modelo profundamente arraigado y viciado, es la inconformidad de aproximadamente el cuarenta por ciento de los votantes que, según las encuestas, reiteradamente se declaran independientes, sin preferencias partidarias, reacios a consignas.
¿Será esto señal de agotamiento del modelo? ¿Signos de que los nicaragüenses cada vez más aspiran a una manera distinta de hacer política, participar, ser gobernados? Al menos parecen cansados de las ofertas actuales y sus reciclajes, prefiriendo aguardar nuevas opciones. Quizás sea posible a mediano plazo. Mientras tanto, ojalá aumenten y hagan oír sus voces.
El autor es periodista.