Dice la melómana ocurrencia angloamericana que el “show” no se termina hasta que “la dama gorda canta”. Podía esperarse que la aparición de la “gorda” (grossa) catalana (reciente réplica del “gordo” español) repartiendo millones de la lotería la víspera de Navidad hubiera resuelto el dilema de las elecciones en Catalunya. Pero no fue así. La Candidatura d’Unitat Popular (CUP) no era la gorda soprano esperada. Celosa de su propiedad de 10 votos controlando las decisiones en el nuevo (y ahora abortado) parlamento catalán, ha dicho “ahí queda eso”.
Luego de haber mantenido en vilo a millones de catalanes y españoles, una vez que la CUP consiguió un milagro aritmético de un empate exacto entre más de tres millares de votos, al final han resuelto devolverle la pelota a la coalición independentista que ha mantenido tozudamente su propuesta de Artur Mas. Si no sale otra “gorda” alternativa, habrá nuevas elecciones en marzo.
Mientras tanto, el proceso catalán hacia la independencia quedará visiblemente dañado. Y con él, la elección española también puede correr similar suerte, contaminada por la situación catalana.
En los recientes años, a medida que se fue reforzando la actitud independentista en Cataluña, descendió sobre Madrid una evidente preocupación. Superaba las prioridades tradicionales.
Catalunya se había convertido en “el problema”. Pero todavía era un fenómeno un tanto abstracto, cultural, identitario, que estaba sujeto a interpretaciones y percepciones de índole personal o como máximo “legal”. Con el resultado de las dos recientes elecciones, estatal y autonómica, el “problema catalán” se ha trocado en un problema de resolución de comicios a nivel total y estatal.
Ante la imposibilidad de plasmar una mayoría absoluta en el Congreso español, la reduplicación del drama catalán amenaza con una repetición de los comicios en un plazo similar. Además de las diferencias ideológicas entre las cuatro principales formaciones, se ha insertado el “problema catalán”, agudizado por el fenómeno del independentismo.
La primera sorpresa la ha revelado el líder de Podemos, Pablo Iglesias, en forma de requerimiento de un referéndum. Impelidos por un resorte de entusiasmo patriótico, los demás posibles socios en resolver el problema electoral español se apresuraron a declarar en vivos términos que no aceptarían el “troceamiento” de la soberanía.
Tanto socialistas como conservadores detectaron correctamente que el regalo de Iglesias hacia el independentismo catalán no era un respaldo hacia Artur Mas y sus socios republicanos de Esquerra. Era un requiebro para el otro frente de estrategia populista de izquierdas presidido por Ada Colau, la flamante alcaldesa de Barcelona. Unida a Iglesias, ha conseguido el “doblete” municipal y la captura del soñado liderazgo en la versión catalana de los comicios de España. Podemos se ha asentado insólitamente en el lugar tradicionalmente controlado por la Convergencia de Jordi Pujol, y esporádicamente por el “tripartito” presidido por el socialista Maragall, y que ahora se le puede escapar a Artur Mas.
Por otra parte, la única oportunidad que Pedro Sánchez tiene de apuntalar su debilitada posición de segundón de Rajoy en los comicios españoles, para arrebatarle en coalición el trono del PP es con el apoyo de Podemos. Además necesita el respaldo de los “barones” de su partido, en un número notable bajo el resquemor de haber sufrido el mayor desastre electoral desde la transición.
Algunos (especialmente “alguna” baronesa, la andaluza Susana Díaz) no se lo perdonan, ambicionando sustituirle en el puesto que desde Felipe González nadie ha disfrutado con el generalizado respeto en toda España. De ahí que las veleidades independentistas de Iglesias se hayan convertido en anatema. Y sin Podemos el PSOE lo máximo que puede conseguir es el maridaje de práctico espíritu patriótico con el PP en una gran coalición de corta duración.
De ahí que los socialistas tanto en España como en Catalunya quieran jugar la carta del federalismo, teniendo mucho cuidado en no revelar la naturaleza de esa solución, ya que en el momento que se atrevan a sugerir que Catalunya tendría un trato diferenciado, se terminaría el experimento. Una inmensa mayoría de españoles nunca permitirá ese favoritismo. El “café para todos” no fue solamente un invento de Adolfo Suárez, el artífice de la transición, sino también una obra de alquimia tolerada por el PSOE.
Debilitado el independentismo también por el caso Pujol, ni siquiera Esquerra sería capaz de ocupar todo el espacio, ya dividido. Por un lado están los identitarios de inclinaciones económicas conservadoras (lo que queda de Convergència). Por otro los radicales agresivos (muchas facciones de la CUP) contra las medidas restrictivas de gastos sociales.
En el resto de España se puede erróneamente exclamar que “muerto el perro se acabó la rabia”. Se cometerá un error, ya que la múltiple personalidad del hiper-autonomismo agresivo y el independentismo radical no están acabados y pueden resurgir en cualquier momento, con lo que el “problema catalán” siga incólume. Ya solamente falta que la supervivencia de Rajoy (o su sucesor) crea que con la mera aplicación de unos artículos de la Constitución se arregla todo.
El autor es Catedrático Jean Monnet y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami.
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