Todo proceso de paz es complejo en cualquier tiempo y en cualquier parte, con heridas por zanjar de uno y otro bando y con muchas inconsistencias, pues aun con los protocolos de rigor son acuerdos tras las balas sin mayor soporte que las firmas y voluntades de los bandos en conflicto, lo que está por ocurrir en Colombia, epicentro de la última guerrilla continental y en cuya desmovilización el mandatario Juan Manuel Santos se ha jugado no solo el pellejo —sino hasta su propio origen de clase—, en lograr llevarla a cabo como una gestión pacifista de su mandato, el próximo 23 de marzo de 2016, fecha de la firma de la desmovilización e inicio del posconflicto.
En Centroamérica este proceso dejó muchas secuelas. No obstante, a partir de ese parto doloroso y afectivo proceso de la guerra a la paz la región pasó a ser otra, que, aunque asediada por las escaramuzas del narcotráfico, la delincuencia, el devaneo ambientalista y la migración forzada, forma parte ahora de un potencial agroexportador y de una sinergia económica muy distinta al istmo medieval y vietnamita de las décadas de guerra.
El caso de Colombia tiene similitudes y comportamientos propios de su entorno en referencia a Centroamérica, sobre todo por la violencia que generó el narcotráfico y sus secuelas. Mientras aquí la paz se dio tras los Acuerdos de Paz de Esquipulas II y las presiones colaterales de la Guerra Fría, en el país suramericano después de varios intentos es con la gestión de Santos que los cauces pacifistas han tomado un rumbo positivo en el cual, también la voluntad de los comandantes de las FARC en desarmarse ha sido fundamental.
Es bajo este escenario que el mandato de Santos asume un perfil de mayores bríos por encima de sus antecesores Pastrana y Uribe, quienes intentaron establecer acuerdos sin mayores éxitos.
De arraigo aristócrata y al mando de una administración plausiblemente reformista, recibió ovaciones del pueblo caraqueño y aplausos de sus colegas presidentes de Latinoamérica cuando participó en el funeral de Estado del presidente Hugo Chávez, por su apoyo a la desmovilización.
De ahí le deviene el mote de “traidor de su clase” pues él mismo ha dicho que cuando concluya su período así lo llamarán —parodiándose con la biografía del mandatario estadounidense Roosevelt Traitor to his class—, en abierta alusión de ser el presidente que hizo posible la firma de la paz y las implicaciones que tiene el ser respetado por la izquierda latinoamericana y defenestrado por la derecha y la ultraderecha colombiana al considerarlo “traidor”, primero por la separación de su mentor el exmandatario Álvaro Uribe y luego por su implicación en la paz. Su sitial en la historia será juzgado al final de su gobierno.
El otro punto importante sobre este proceso es el que se realice un plebiscito, en el que se le pregunte a los colombianos si aprueban o no el texto definitivo, lo que ha anunciado el Gobierno en La Habana, centro de las negociaciones entre las FARC y el Ejecutivo. Este hecho, aunque técnicamente no tendría mayores implicaciones de no llevarse a cabo, es básico que se realice ya que por primera vez en la historia de los procesos de paz en Colombia —ni con los paramilitares ni con otras guerrillas—, se le está consultando a la ciudadanía su opinión frente a los Acuerdos, lo que le daría una solidez de nación a los mismos.
La paz será un hecho en ese país, y con ella se avecina un hermoso y arduo proceso de reconciliación en medio de los avatares y las rencillas históricas, tal como lo señala el politólogo de Medellín Daniel Duque Velásquez, defensor de la salida negociada al conflicto, quien opina que se viene además un gran proceso de pedagogía, “donde hagamos entender a los opositores al proceso, que la paz es un asunto que nos debe unir, que hay que tragarse unos cuantos sapos (indultos), en aras de que la reconciliación y la paz no espere más”, ante la tentativa de una vida en armonía y paz.
El Autor es escritor y periodista, preside la Fundación pacifista Esquipulas