¿Cuáles son las razones por las que Daniel Ortega se niega a participar en debates, conferencias de prensa y entrevistas públicas? ¿Qué lo lleva a rehusar estas prácticas cada vez más imprescindibles en las democracias? ¿Por qué a diferencia de los presidentes que le precedieron desde 1990 —Chamorro, Alemán, Bolaños— y a diferencia de otros presidentes del área, se niega a explicar sus políticas frente a baterías de periodistas capaces de hacerle preguntas?
En inevitable concluir que algo teme. Puede ser temor a exponerse a situaciones donde tenga que contestar preguntas y ser interpelado por el público o sus rivales, o temor a medirse con otros. De no padecer estos temores, Ortega, en lugar de rehuir estos encuentros, los buscaría. Como los buscaba el presidente Kennedy, para quien los debates y las conferencias de prensa eran oportunidades de mostrar su dominio sobre temas complejos, su sentido de humor y sus dotes de líder.
Hoy es una característica de todos los líderes fuertes —y democráticos— exponerse a preguntas libres de los medios a fin de explicar mejor sus políticas, despejar dudas y mostrar su inteligencia. Obama ha dado más de doscientas entrevistas televisadas. Bush y Clinton daban un promedio de más de dos conferencias de prensa mensuales. Todos ellos, al igual que innumerables presidentes, debatieron a sus oponentes en numerosas ocasiones —como acaba de ocurrir en España, con Rajoy y Sánchez o en Argentina, con Scioli y Macri—.
Esta apertura a los medios es considerada tan esencial para la democracia, que ya existe en lugares en los que parecía más difícil, como Irán o Afganistán. Eventos de esta naturaleza fomentan la participación ciudadana, ya que gracias a la televisión todo el público puede seguirlos de cerca y enterarse de cómo piensan sus líderes, así como conocer mejor las sutilezas o diferencias entre distintas políticas. Por eso, y muy acertadamente, los obispos nicaragüenses pidieron a Ortega, en mayo del 2014, que accediera a brindar conferencias de prensa.
¿Por qué teme Ortega hacerlo? Una posibilidad es falta de confianza en sí mismo. Debatir, contestar preguntas inesperadas y a veces difíciles, requiere mucho dominio propio, seguridad, y claridad de mente. También exige rapidez y cierta elocuencia. Es posible que Ortega solo se sienta cómodo ante audiencias cautivas y necesite mucho tiempo —como sugiere su lento hablar— para comunicar sus pensamientos. Si este no es el caso, ¿qué otras explicaciones quedan?
Posiblemente solo dos: el síndrome del monarca o el del jugador de póker. El primero es típico de quienes se ven demasiado superiores al resto de los mortales como para tener que explicarse o contestar sus inquietudes. Es una manifestación de soberbia. El segundo es el de quienes detestan jugar con las cartas sobre la mesa porque tiene mucho que ocultar; una manifestación de la falta de transparencia propia de los que practican políticas que no pueden ser explicadas o defendidas públicamente porque son indefendibles.
¿Cuál de estas tres posibles explicaciones se aplica a Ortega? Se puede especular sobre si es una de ellas o quizás las tres juntas. Pero es él, mejor que nadie, quien podría despejar estas incógnitas agarrando el toro de le exposición pública por los cuernos y demostrando que ni carece de brillo, ni es soberbio, ni tiene nada que ocultar. Hacerlo es exigente, pero sería saludable para su imagen y para el ejercicio democrático. Rehusarlo confirmaría, inevitablemente, una o más de las anteriores explicaciones.
El autor es sociólogo y fue ministro de Educación.
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