Cada país es soberano para establecer sus políticas migratorias y como tal puede imponer condiciones justificadas a la libre movilidad de terceros, pero lo legal no es siempre moralmente correcto.
Tras sufrir 15 años de exilio, me es fácil entender el sufrimiento, los sueños y los derechos de quienes han tenido que dejar patria, bienes y familia buscando libertad y un futuro mejor para sí y su progenie. El migrante, per se, no es un delincuente. No puede ser considerado “ilegal” aunque su situación migratoria sea “irregular.”
En el caso de los migrantes cubanos que se encuentran embotellados en Guanacaste, los instrumentos de Naciones Unidas que reconocen los derechos de los Estados en materia migratoria reconocen también los Derechos Humanos y el Derecho Humanitario Internacional de los migrantes y sus familias.
Un gobierno que se autollama cristiano, no debe ir contra la caridad ni negarle el paso a personas que buscan la libertad que no encuentran en su país. Eso es negarles la solidaridad que los migrantes necesitan y que hasta ahora han recibido de todos, menos del gobierno “solidario”. Los enemigos de Nicaragua se regocijan en esas actuaciones del gobierno buscando mostrarnos ante el mundo como “soberbios, inhumanos y solitarios”.
Solitarios nos dejó también el canciller cubano pues tampoco apoyó a Nicaragua en la reunión del SICA y se limitó a decir que la migración es legal. Estados Unidos (EE. UU.) tiene una “Ley de Ajuste Cubano” que permite a los que llegan a tierra firme estadounidense obtener un estatus migratorio para permanecer en EE. UU. Sin embargo Nicaragua los trata como si hubiesen salido de Cuba en situación de ilegalidad y como si fuesen a llegar a EE. UU. en situación de ilegalidad. Defendemos, y es lo correcto, a los emigrantes nicaragüenses, pero al restringir a los cubanos estamos siendo ¡más papistas que el papa!
Costa Rica ofrece un espectáculo igualmente contrastante. Por un lado es “pura vida”, para los migrantes que vienen del sur dándoles facilidades y apoyo mientras a los migrantes que llegan del norte, les impone visa pagada y le pone cortapisas. La población de Costa Rica es generosa, pero recordemos que el principal objetivo de la demanda costarricense ante la CIJ en el 2005 era navegar con policías armados en el Río San Juan de Nicaragua con fines migratorios. Pareciera que a sus vecinos del norte se les aplica selectivamente el derecho humanitario.
En suma, hay duplicidad en la actuación de EE. UU. que con una mano otorga el ajuste a los hijos de Martí que buscan libertad (¿a ver cuándo vienes por casa?), y con la otra cierra la puerta y les impide su entrada; contradicción en la política migratoria del gobierno de Costa Rica; y dualidad en el gobierno cubano que reprime a su población y la obliga a emigrar para luego lavarse las manos diciendo que es migración legal.
La gota que colmó el vaso fue el viraje de 180 grados del gobierno de Ecuador que, ante el desparpajo cubano sobre la legalidad de sus migrantes, decidió ser, en palabras de Martí, “el cruel que le arranca el corazón” a los migrantes cubanos. Incluso Costa Rica ahora solicita parar el flujo a Colombia y Panamá, mientras Guatemala y Belice cierran sus fronteras al paso de los migrantes.
Sin embargo, el mayor contrasentido viene de quienes hace pocas semanas atrás congratulaban a la canciller germana Angela Merkel por su solidaridad con los refugiados sirios, toman después medidas de fuerza para negarles solidaridad cristiana a los cubanos que buscan la libertad, aunque no se sabe si lo hacen para congraciarse con Cuba o con EE. UU.
Ya el cardenal Brenes profetizó: “Ojalá sea un tema en el cual se abran las puertas de los diversos países”. Esperemos que los gobiernos al norte de Costa Rica escuchen la consigna del papa Francisco: “Misericordia”. Solo al velar por la dignidad de las personas se vale ser: ¡más papistas que el papa!
El autor ha sido canciller de Nicaragua.