Las elecciones de mañana domingo en Venezuela, cualquiera que sea el resultado, marcarán profundamente a ese país agobiado por una revolución de orientación totalitaria que es impulsada por el chavismo contra todo sentido de racionalidad y sensatez.
La elección de mañana no es presidencial, sino de diputados a la Asamblea Nacional. O sea que no afectará al poder político principal de Venezuela. Pero las facultades constitucionales que tiene el poder legislativo venezolano son suficientes para contener e incluso comenzar a desmontar el populismo bolivariano que ha hundido a ese país en una situación económica catastrófica y en una amplia miseria social, a pesar de su gran riqueza petrolera.
La verdad es que la situación de Venezuela no da para más. El cambio es imperiosamente necesario. De seguir como hasta ahora, el próximo año la crisis económica será peor que la de 2014. Y más aún si Nicolás Maduro cumpliera su amenaza de radicalizar el proceso revolucionario, gane o pierda las elecciones.
Si los comicios de mañana fuesen limpios, la oposición los ganaría ampliamente según indican los sondeos de intención de voto y de valoración ciudadana del gobierno de Maduro. Los resultados de las votaciones solo podrían favorecer al oficialismo si en el recuento de los votos se realizara un fraude de grandes proporciones, como los que hacía en Nicaragua el somocismo y los que ha hecho el orteguismo en los últimos años.
En todo caso, el sistema electoral venezolano ya es de por sí fraudulento, por el amplio ventajismo que concede al partido oficialista que controla casi todos los medios de comunicación y por el uso abusivo de los fondos y recursos materiales del Estado en favor de su campaña política. Además, los distritos electorales del país han sido diseñados de tal manera que el número de diputados asignados no se corresponde con la votación de los ciudadanos. En muchas distritos electorales el oficialismo se adjudica muchos más escaños que la oposición, aunque sus votos sean menos que los que reciben los opositores.
De allí que será sumamente difícil que la oposición consiga la mayoría calificada de diputados que se necesita para poder impulsar cambios de fondo desde la Asamblea Nacional. Sin embargo, con solo que los partidos opositores obtengan la mayoría absoluta, o sea la mitad más uno de los 167 diputados que integran el poder legislativo, esto sería un gran logro y un significativo paso adelante en la búsqueda del cambio democrático por la vía institucional.
De entrada habría mayoría opositora en la nueva Junta Directiva que dirigirá la Asamblea Nacional a partir del próximo 5 de enero. El militar fascista Diosdado Cabello dejaría de ser presidente del poder legislativo. Volvería a haber separación de poderes. Y aunque esta nueva correlación de fuerzas plantearía un conflicto de poderes, sería el comienzo de un proceso revolucionario al revés y se acercaría el momento de los cambios integrales que Venezuela necesita con extrema urgencia. Esto podría ser el comienzo del fin del régimen dictatorial chavista y del retorno de Venezuela al camino de la democracia.