“Menos Siria y más Soria” era el consejo que Obama, Cameron y Hollande parecerían recibir del presidente español Mariano Rajoy, maestro en la prudencia gallega y la indecisión contrastiva con su antecesor José María Aznar, quien antaño se mostró raudo y veloz en ofrecer tropas a Bush para la invasión de Irak (la antesala de Siria). Mientras tanto, los “sorianos” de Aznar (el noventa por ciento de la ciudadanía) se oponían a la desgraciada aventura para derrocar a Sadam Hussein, estrategia luego convertida en el plan para derrocar a Al-Assad.
En cualquier caso, el consejo en cuestión se ha instalado en la agenda de los líderes europeos con el ataque terrorista de París y la respuesta de los más destacados al llamamiento del presidente Hollande para la aplicación del art. 42.7 (“ayuda y asistencia”) del Tratado de la Unión Europea. Aunque no es tan drásticamente explícito como el 5 del Tratado de la Alianza Atlántica (un ataque contra uno es un ataque contra todos), lo cierto es que el compromiso es claro en este caso en que Francia declara que ha sufrido una “agresión armada” y por tanto sus socios deben apoyarle “con todos los medios a su alcance”. Pero el procedimiento no es colectivo, sino que depende de las negociaciones bilaterales. Es uno de los defectos de la incompleta soberanía común de la UE.
Además, el contexto más amplio de la ONU convierte en más complejas las decisiones a tomar. Por un lado, el Consejo de Seguridad aprobó una resolución que cubre “cualquier acción contra el estado islámico”, pero no alude al Capítulo VII de la Carta que autorizaría “el uso de la fuerza”. De ahí que Francia deba pedir a cada uno de sus socios qué tipo de ayuda espera. El Reino Unido ya ha puesto a disposición de Francia buques de escolta para apoyar al portaviones francés Charles de Gaulle, y el uso de la base británica en Chipre. Alemania ha ofrecido aumentar su modesta presencia en la zona (la nueva “Afrika Korps”). Pero al tocarle el turno a España han surgido los “sorianos”.
El ministro de Asuntos Exteriores español, José Manuel García Margallo, se apresuró a sugerir que España podría relevar a las tropas galas en Mali y República Centroafricana. De ese modo Francia podría intervenir más directamente (incluso con sus “botas sobre el terreno”) contra el terrorismo islámico en Siria e Irak. Pero la vicepresidenta del gobierno español, Soraya de Santamaría, negó que esa oferta se hubiera hecho.
¿Cuál fue la causa de este desmentido? Es el papel de los “sorianos”, los partidos políticos (no solamente de la oposición, sino también en el propio Partido Popular). Están estudiando con lupa por donde se mueven los hilos de la acción exterior y cómo pueden ser la percepción y la reacción del electorado que generalmente se expresa con un bostezo o indiferencia por todo lo que ocurre lejos de sus fronteras. El impacto del terrorismo y el erróneo tratamiento de sus consecuencias pueden marcar la diferencia en las elecciones del 20 de diciembre, ya en un ambiente convulso por el “problema” catalán, el estado de la economía y el nuevo panorama partidario. De ahí que el presidente Hollande no haya visitado Madrid en su periplo de peticiones, como lo ha hecho en Londres, Washington, Berlín e incluso en Moscú. Rajoy contestará por Navidad, demasiado tarde para Hollande.
En cualquier caso, no se puede cuestionar la prudencia del gobierno español, ya que el récord de la contribución española a misiones de paz bajo la cobertura de las Naciones Unidas es notable. En los últimos 25 años ha participado en cincuenta misiones con 140,000 tropas y policías en el Líbano, Afganistán, Somalia y Mali, además de peligrosa recomposición de la antigua Yugoslavia, y en la pacificación de Centroamérica. El coste humano de estas operaciones incluye 130 muertos.
Pero la aventura de Irak y la irresponsable manipulación de los atentados de Madrid en 2004 (tozudamente culpando a ETA), con más de dos centenares de víctimas (todavía el acto terrorista más grave desde el 11 de septiembre) han convertido la participación de tropas españolas en el exterior en un tema extremadamente sensible. Aunque el balance de la lucha contra el terrorismo islámico es, en su dimensión policial, impecable, gracias a la colaboración ciudadana, todavía está pendiente la aceptación del electorado en la actuación exterior.
Los partidos reclaman un estricto control de cualquier operación exterior, que al mismo tiempo se convierte en problemática por la drástica reducción de fondos destinados a defensa, el adelgazamiento del número de efectivos y la eliminación de buques (España ha desguazado el único portaviones). Con una “Soria” de 24 por ciento de desempleados (cincuenta por ciento entre los de edad militar), la asistencia exterior se convierte en un lujo.
El autor es Catedrático Jean Monnet y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami.
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