Desde su fundación, en 1992, la Universidad Americana (UAM) proclamó como uno de sus valores, la Autonomía, que ella misma define como “independencia con respecto al Estado y a grupos de interés de cualquier tipo, sean estos religiosos, políticos o económicos”. También proclamó el valor de “la libertad y desarrollo del pensamiento crítico”, que lo precisa como “el debate constructivo, creativo y crítico de las ideas, así como la tolerancia de los que discrepan”. Así como el valor del “respeto a los derechos de las personas”, asegurando que la UAM construye “una comunidad donde estudiantes, docentes y personal administrativo puedan ser valorados y respetados sin diferencias basadas en creencias políticas, sociales, étnicas, de cultura o religión”.
Sin embargo, en estos días la UAM ha destituido, sin causa justa evidente y a todas luces por intolerancia ideológica y política, a los decanos de las facultades de Ciencias Jurídicas y de Ciencias Administrativas, los académicos Alejandro Aguilar y Álvaro Porta respectivamente, ciudadanos de reconocido pensamiento democrático y por tanto no afines al régimen imperante.
De igual modo el excomandante de la revolución sandinista y ahora disidente del orteguismo, Luis Carrión, fue echado de su cargo de director de Desarrollo Institucional de la UAM; en tanto que la decana de la Escuela de Relaciones Internacionales, María de Jesús Fuentes, ha dejado su cargo porque ha renunciado al parecer por motivos de dignidad y solidaridad.
Pero lo que está ocurriendo en la UAM no es algo inesperado. Desde hace algún tiempo se temía que hechos como estos despidos podrían ocurrir en cualquier momento, primero porque el dueño principal de la UAM es el Ejército por medio del Instituto de Previsión Social Militar; segundo porque el Ejército se ha subordinado políticamente al proyecto dictatorial de Daniel Ortega; y tercero, porque desde septiembre pasado una nueva junta de directores se hizo cargo de la UAM y un alto militar que fue puesto al frente de ella comenzó a cambiar las cosas.
La universidad, ya sea pública o privada, por su propia naturaleza es una institución de la sociedad para la formación de mujeres y hombres libres. Es un espacio público para la reflexión, la libre expresión del pensamiento crítico y la generación de conocimientos, por lo cual se conecta directamente con la construcción y el funcionamiento de la democracia. Por lo consiguiente es una institución vital para la vida democrática.
Se sabe que hay universidades que no son autónomas ni democráticas, como las de los países totalitarios. Pero estas no son universidades en su sentido auténtico e integral, pues lo que hacen es deformar la conciencia de estudiantes y profesores y crear profesionales sin espíritu crítico, sometidos al pensamiento oficial del Estado, del partido hegemónico y del caudillo gobernante.
Esto mismo es lo que pretende hacer Daniel Ortega con la universidad nicaragüense, no solo la pública sino también la privada, como lo muestra la caída de la UAM ante el avance del proyecto totalitario. Y sin duda que las demás están en la lista y deberían darse por advertidas.