No solo la propaganda agobiante de todos los días sino, también, opiniones de analistas con cara de serios insisten en hacernos creer que vivimos en una democracia, imperfecta pero a fin de cuentas una democracia. Para demostrarlo alegan que en la Nicaragua de Ortega existe libertad de prensa y no hay reos políticos, funcionan los poderes del Estado, hay elecciones periódicas, relativa prosperidad económica y, sobre todo, tranquilidad en las calles. Quienes conservan alguna capacidad de sonrojo hablan de dictadura “light”, lo que en la tradición hispanoamericana se conoce como “dictablanda”, o recurren a neologismos como el de “democracia cesarista”, una verdadera contradicción en los términos y una mala traducción de aquel “cesarismo democrático” inventado por Laureano Vallenilla Lanz, para justificar la dictadura de Juan Vicente Gómez, en Venezuela.
La discusión no es banal en términos ideológicos, puesto que persigue clasificar un régimen político entre las formas de gobierno conocidas y estudiadas, las que responden finalmente a criterios éticos y se reducen a dos: las buenas y las malas. De ahí el apuro de quienes, por compromisos con el régimen, tratan impúdicamente de lavarle la cara.
Entre las formas malas, la antigua Grecia conoció la tiranía y el despotismo, mas no la dictadura, que, como se sabe, nació en Roma, y era una institución alejada de las connotaciones negativas que actualmente posee. El dictador era nombrado por el senado de manera temporal, con el objetivo específico de resolver una situación caótica que amenazaba a la República y podía suspender las leyes mas no alterarlas ni crear nuevas.
A esta figura clásica de la dictadura comisaria, Karl Schmitt añadió la dictadura soberana, jacobina o revolucionaria, que no es personal sino colectiva y se apodera del poder legislativo y no del ejecutivo, confiscando la soberanía popular y arrogándose el poder constituyente, es decir, la facultad de abolir las leyes existentes y crear unas nuevas, incluyendo la Constitución.
El término dictadura se generalizó con el estalinismo de la Rusia soviética, el nazismo de la Alemania de Hitler y el fascismo de Mussolini en Italia, aplicándose a todas las formas monocráticas y llegando a sustituir a los términos clásicos de tiranía y despotismo.
Según Bobbio, la fenomenología del mal gobierno, desde los griegos, se refiere fundamentalmente a dos figuras históricas: el tirano y la facción. La última, con sus divisiones y luchas enconadas, lleva indeclinablemente a la otra, como podemos comprobar a lo largo de la historia de Nicaragua.
El tirano podía serlo por la forma de acceder al poder, a través de una usurpación violenta o ilegítima, o por la forma arbitraria de ejercerlo, irrespetando las leyes e imponiendo sus caprichos. El déspota, en cambio, representaba la forma de gobierno propia de los pueblos bárbaros o “serviles”, del Asia oriental, que ejercía el mando de forma absoluta y paternal, como el amo hace con sus esclavos.
En dos pueden resumirse, por último, las características del buen y el mal gobierno: en el primero el gobernante respeta las leyes preestablecidas, mientras en el segundo ejerce el poder sin respetar más que la ley de su capricho; en el buen gobierno el gobernante se sirve del poder para perseguir el bien común, en el malo se sirve del poder para lograr su propio beneficio.
Si aplicamos estas categorías a la actual realidad política nicaragüense no podemos sino llegar a la conclusión de que vivimos bajo una tiranía, que usurpó el poder por un medio ilegítimo, como es la violación de una prohibición constitucional expresa y de un fraude electoral, y que gobierna irrespetando las leyes que se oponen a su capricho y deseo enfermizo de acumulación de poder y de riqueza. Tiranía en la que se ejerce el poder en beneficio personal y de una casta de privilegiados corruptos y que, de acuerdo con los criterios clásicos e independientemente de los mediocres resultados económicos y las migajas del botín que se reparten, representa el ejemplo más claro de lo que es un mal gobierno.
El autor es jurista y catedrático