Estamos a pocos días de conmemorar el Día de los Fieles Difuntos, una fecha en que los cristianos recordamos especialmente a nuestros seres queridos que nos han precedido en el encuentro con el Padre. La visita a los cementerios para rememorar y rezar por ellos es una profunda expresión de la esperanza y el amor en su nueva vida. El camino de la muerte, en realidad, es un camino de fe y esperanza; visitar nuestros cementerios, como también leer los epitafios que con tanto amor seguramente se redactaron, es llevar a cabo un camino marcado por la esperanza de eternidad.
Pero al mismo tiempo, el hecho de encontrarnos frente a esa realidad por esa persona amada que ha fallecido, es también una invitación para pensar en nosotros mismos, es un llamado que nos recuerda que nos llegará un día esta hora de la verdad, no sabemos cuándo, no podemos imaginarlo, pero sabemos que llegará un día que nuestra vida peregrina habrá terminado y que como aquellas doncellas que esperaban la llegada del esposo, debemos tener las lámparas encendidas para su encuentro con él.
Cuando recordamos en Personas Unidas en el Dolor y la Esperanza (PUDE) a nuestros seres queridos, nos llenamos de los momentos compartidos con ellos y que iluminaron nuestras vidas, sus lámparas aún siguen siendo luz en nuestro caminar pues son lámparas llenas de plenitud y del amor de Dios.
Pero en el aquí y en el ahora como está la luz de esa lámpara que estamos llamados a tener encendida: ¿es una luz intensa, con claridad, fuerte?, ¿es una luz tenue, sin brillo?, ¿o es una luz que apenas se nota?
Estamos llamados a ser luz del mundo, y reflexionar acerca de nuestra contribución por un mundo mejor desde donde nos encontremos, en la misión que estemos desarrollando: en el seno de nuestra familia, en nuestras labores cotidianas, en nuestras comunidades, en nuestros grupos, en fin en cualquier lugar de nuestra sociedad, pero siempre con sentido y propósito de vida.
Por lo tanto, para conmemorar estas fiestas en honor de nuestros seres queridos que nos han precedido, debemos tener en cuenta que ellas mismas no tienen sentido si no se festejan con esperanza en la vida inmortal y en la resurrección y en la confianza para los que aun peregrinamos de que Dios va a tomar esa luz, esa llama, esa tea encendida que portamos todos, en una luz eterna del gozo, de la vida y de la paz.
La autora es Presidenta honoraria de PUDE, Grupos de Ayuda Mutua para el duelo.
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