Ningún ser humano en sus cabales quiere la violencia, porque esta en la mayoría de los casos siempre va acompañada de sangre, dolor y muerte. Bruto lamentó cuando tuvo que empuñar el puñal contra César porque temía que la ambición de este terminara por sepultar la República y la humanidad entera, aun se lamenta que durante la Segunda Guerra Mundial, más de cincuenta millones de personas murieron, producto de la violencia generada por la obcecación de Adolfo Hitler al querer imponer al nazismo a escala planetaria.
Hay personas sensatas que se preguntan por qué no prevaleció el diálogo en estos dos casos, que hubiesen podido evitar males terribles, pero la realidad es que mientras haya quienes se basan en el derecho de la fuerza y no en la fuerza del derecho, siempre habrá estos confrontamientos con sus funestas consecuencias para todos.
Para comprender mejor estas cosas hay un principio filosófico universalmente aceptado, y es aquel que dice que: “No hay efecto sin causa”. De ahí que en el origen de toda convulsión social siempre ha habido alguna injusticia, que los pueblos mediante el uso de la violencia, se han visto obligados a corregir. Desde Santo Tomás de Aquino que incluso llegó a considerar comprensible el tiranicidio, hasta nuestros días, hay una larga lista de tratadistas políticos de todas las ideologías que reconocen el derecho inalienable de los ciudadanos a recurrir a la violencia cuando la tiranía bajo la cual viven ya resulta intolerable.
Para los que están en un lecho de rosas, libando a costa de los demás las mieles del poder o asociados a este, es muy fácil rasgarse las vestiduras y condenar a priori la violencia de los que, lamentablemente, tienen que recurrir a esos medios para alcanzar mejores condiciones de vida. Que vayan a Mina El Limón, a Chichigalpa, a Rancho Grande y a todos esos pueblos que en su desesperación se deciden a protestar (corriendo grandes riesgos) y se darán cuenta de la pobreza en que viven sin ningún respaldo gubernamental.
Les piden que acepten la voluntad divina con resignación o en todo caso, diálogo con quienes amparados en la fuerza de las bayonetas se resisten a escuchar la voz del derecho, la justicia y la razón. Decía bien, entonces, el famoso teólogo norteamericano, Thomas Merton (1915-1968) cuando afirmaba: “Es muy fácil decir a los pobres que acepten su pobreza como voluntad de Dios, cuando uno tiene ropa, colcha, alimento, atención médica, un techo que le cubra, y no se preocupa por alquiler. Pero si deseamos que nos crean, compartamos su pobreza y veamos si podemos aceptarla como voluntad divina”.
Parece ser costumbre inveterada de los que participan en el festín gubernamental con alguna sinecura llamar vándalos, bandoleros, delincuentes, traidores a la patria, a quienes tienen el valor y el coraje —por honor, por dignidad y por principios— de oponérseles sea cívicamente o con las armas en la mano. Uno de estos epítetos se lo aplicaron al General Augusto César Sandino y otro de esos mismos cognomentos al doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal.
Este último a propósito de esto escribió: “Nos llaman asesinos, traidores, malos hijos de Nicaragua, estúpidos, forajidos, equivocados, etc., etc… y alaban las bondades del gobierno”. Gracias a Dios, al tiempo y a la historia, cuyo veredicto es ya inapelable, han elevado a estos dos señores mencionados, haciéndoles justicia, al altar de la patria otorgándoles el público reconocimiento de Héroe Nacional.
Por lo demás, a los que protestan sin ser oídos porque están de por medio los intereses creados, les recuerdo el sabio consejo del gran uruguayo, Constancio Vigil: “Aléjate presuroso de los que emplean el tiempo en repetir que son patriotas y viven del patriotismo de los demás”.
El autor es periodista y secretario general de la Asociación de Nicaragüenses en el Extranjero (ANE).