Sin lugar a dudas Brasil es uno de los países más ricos del mundo, dispone de abundantes recursos naturales en una extensión territorial de más de 8 millones de km² (47 por ciento de territorio latinoamericano), que lo convierte en el quinto país más grande del mundo, después de Rusia, Canadá, Estados Unidos y China Continental y con un PIB que ronda entre el 35 y el 40 por ciento de la región.
Es el primer productor mundial de café, caña de azúcar, naranjas. Los bosques cubren la mitad del territorio nacional, contando con la mayor selva del mundo en la cuenca del Amazonas. Se trata de un gran país industrial también. Ha desarrollado los sectores textil, aeronáutico, farmacéutico, automovilístico, siderúrgico y químico y en el sector terciario, la explotación de su riqueza minera lo coloca como segundo exportador mundial de hierro. Sus reservas de petróleo podrían convertirlo en uno de los cinco principales productores y exportadores del mundo.
La corrupción es un mal endémico del sistema político brasileño. La consultora estadounidense Standard and Poor’s ha rebajado la calificación de la deuda soberana brasileña de BBB- a BB+, convirtiendo los bonos brasileños en “basura”, con una moneda devaluada y una inflación proyectada en 2015 del 9.5 por ciento, el mayor índice desde 2002. El déficit fiscal asciende, entre enero y agosto de este año, a 3,500 millones de dólares, el peor resultado desde 1997; todo ello unido a una caída del PIB del 3 por ciento en 2015 y del 1 por ciento en 2016, a pesar de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro (los primeros en la historia de América del Sur), lo que representa dos años seguidos de caída en el PIB, situación no vivida en Brasil en los últimos 85 años, desde la gran depresión del siglo pasado.
El avance en las investigaciones del escándalo conocido como Operação Lava-Jato compromete a altos mandos del Partido de los Trabajadores (PT) y a funcionarios cercanos a la presidenta Dilma Rousseff. Lava-Jato, que en español significa “El lavadero de automóviles” o “Car Wash”, en inglés y es catalogado por la Policía Federal de Brasil como el mayor acto de corrupción de la historia del país; consistía en pagos de sobreprecios, por parte de la empresa petrolera semiestatal Petrobras, que terminaban en las manos de políticos y empresarios. El partido en el Gobierno y sus aliados fueron los principales beneficiados de los aproximadamente 2,600 millones de dólares desviados, que sirvieron probablemente, en parte, para financiar la campaña electoral que llevó a Rousseff al poder, por segunda ocasión.
Todo ello ha desembocado en encarcelamientos de altos funcionarios del Gobierno de Lula y de la actual presidenta. Ya está en curso una acusación formal contra Dilma Rousseff repitiéndose en el país la historia de corrupción, 24 años después, cuando en octubre de 1991 el presidente del monopolio estatal Petrobras presentó su renuncia como protesta por haber sido presionado para ejecutar una operación irregular, siendo el propio hermano menor del entonces presidente, Fernando Collor de Mello, quien divulgó los detalles de dicha “operación”, renunciando el presidente en 1992, en medio de una hiperinflación y una caída del PIB del 1.5 por ciento.
Al Partido de los Trabajadores se le atribuye haber sacado a 30 millones de brasileños de la pobreza. Dilma Rousseff tiene actualmente el 10 por ciento de aprobación y su administración es rechazada por el 70 por ciento de la población, de 210 millones de pobres ricos brasileños. El autor es economista, catedrático de la Universidad Thomas More.