Me preguntaba hace poco una lectora el porqué la Iglesia católica realiza en estos días un sínodo —una asamblea mundial de obispos— para discutir el tema de la familia. Que este sea un tema central para la Iglesia no debe sorprender a nadie.
Para ella la familia ha sido siempre la institución más importante de la sociedad por razones obvias: porque en ella reciben los niños la educación más importante, la de los valores y el corazón, y porque su base, el matrimonio, fue elevado por Cristo a la categoría de sacramento indisoluble: “Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre”.
Es lógico, por tanto, que periódicamente la Iglesia reflexione sobre los retos que enfrenta esta institución. En el mundo moderno estos son muchos y, en algunos casos, sin precedentes. Con la década de los sesenta se disparó la tasa de divorcios, sobre todo en los países ricos, y se han venido multiplicando las “parejas de hecho”, las familias monoparentales, y la cohabitación prematrimonial. Más recientemente se han añadido problemáticas inéditas como el alquiler de vientres y las uniones de personas del mismo sexo. Al abordar estos casos y otros conexos, como el de los divorciados y vueltos a casar, los obispos, junto con el papa, tratarán de dar orientaciones pastorales que adapten a las circunstancias del mundo actual las enseñanzas que la Iglesia ha transmitido desde siempre, pero sin que esto implique cambiar para nada su esencia, pues entonces dejaría de ser fiel a lo revelado y mandado por su fundador.
Independiente de los matices y la carga de controversias que algunas declaraciones puedan acarrear, seguramente resplandecerá el llamado a promover y defender la institución matrimonial que quiso Jesucristo: la unión permanente contraída libremente entre hombre y mujer, para el bien de los cónyuges y la generación y educación de la prole. Hacerlo podrá ser ir contra corriente: el individualismo actual odia lo que percibe como ataduras o compromisos; el hedonismo rechaza todo lo que signifique renuncia al placer o sacrificio; el relativismo busca validar todas las opciones, borrando el concepto de moral o inmoral. Decía al respecto Juan Pablo II: “¡Lo que antes era considerado pecado hoy ha adquirido carta de ciudadanía!”
Reivindicar la belleza e importancia de la vocación matrimonial posiblemente sea la tarea más urgente que demanda la compasión y la sociedad de hoy. Pocas cosas inciden tanto en la felicidad o infelicidad de las parejas y de los hijos, como la calidad de los vínculos que establecen entre ellos. Y nótese bien que esta no es una afirmación producto exclusivamente de convicciones religiosas, sino algo corroborado por las ciencias sociales: niños y niñas crecen mejor cuando lo hacen bajo sus padres y madres biológicos unidos en relación estable. Y las probabilidades de esta estabilidad son mayores en quienes amarran su unión con el vínculo matrimonial.
Evidentemente el matrimonio es una empresa difícil. Exige amor y el amor es exigente: por definición implica capacidad o disponibilidad de sacrificarse o hacer renuncias por la persona amada. Exige exclusividad y fidelidad. Exige la capacidad de soportar y perdonar, una y mil veces; el cultivar la comunicación y la comprensión. Es algo que no se consigue sin esfuerzo y esfuerzo sostenido.
El problema es que la cultura actual, con su desprecio a lo Hollywood por la castidad y la fidelidad, el autocontrol y los compromisos, hace más difícil cultivar las virtudes que posibilitan los matrimonios estables y por ende las familias sanas. Esperemos que los padres sinodales arrojen luces que ayuden a superar estas dificultades y a construir la civilización del amor.
El autor es sociólogo y fue ministro de educación.