No creo que sirva de mucho el conocer lo qué piensa alguien como yo sobre este último viaje del papa. No soy ni politólogo ni teólogo ni jerarca de la Iglesia para que tenga algún peso mi pensamiento sobre un acontecimiento de semejante trascendencia política, social, económica, ecológica y religiosa como ese. En mis reflexiones semanales me he limitado a escribir mis experiencias personales espirituales como un seglar más dentro del mundo y como coordinador de una comunidad católica de alianza de Nicaragua, de la que en sus casi cuarenta años de existencia he venido aprendiendo del Señor mi Dios casi todo lo que sé —y que según yo— vale la pena saber.
Sin embargo, algunas personas me han estado insistiendo en que eso es precisamente lo que haría valiosa una opinión mía al margen de comentarios tan profundos e interesantes como la mayoría de los publicados por los medios de comunicación. Yo esto lo dudo y por eso les advierto a los que hayan llegado leyéndome hasta aquí, que seguramente no encontrarán nada novedoso de la única cosa que les voy a transmitir, y que comprenderé a los que lleguen hasta aquí en su lectura.
Ahora bien, para mí, lo más interesante que descubrí en ese viaje fue la mentalidad y personalidad del papa Francisco. Y fue que no habló mucho de política, ni dio recetas económicas, ni quiso tocar temas de dogma o doctrina cristiana (de lo que estoy seguro que nunca va a contradecir), ni quiso profundizar y menos condenar los pecados personales productos de la debilidad humana (homosexualismo, aborto, etc.), ni siquiera se respaldó (como es común entre los religiosos) en citas bíblicas o escritos de sus antecesores en el papado. Él —como Cristo— se centró totalmente en el valor del hombre (“el sábado está hecho para el hombre y no el hombre para el sábado”). Ante la economía, el capital y el mercado, ante las ideologías, filosofías e incluso teologías, ante los gobiernos y los políticos: él antepuso a la persona humana (la familia, la pobreza, los inmigrantes, la ecología). Ante las desigualdades económicas, él como Cristo, presentó como punto de partida, el amor, la reconciliación y el perdón de Dios para todos y en todo momento. Ante lo que él llamó la cultura del descarte, resaltó la dignidad del ser humano, aun en la ancianidad o la enfermedad.
El papa Francisco logró sorprenderme, inclusive cuando reconoció en unos jóvenes cubanos, profecías carismáticas auténticas, sustituyendo su discurso previamente redactado por los conceptos de Dios —según el papa— pronunciados a través de esos jóvenes.
Durante todo su viaje, de principio a fin, yo no vi en él ni a un estadista, ni a un economista, teólogo o ideólogo, ni siquiera al estereotipo de un religioso. Lo que yo vi fue al propio Cristo hablándonos clara y directamente al corazón. Dios quiera que algo de esto hayan visto los gobernantes de este mundo así como todos los pueblos, sociedades, multitudes e individuos que estuvimos pendientes de cada una de sus palabras.
EL AUTOR ES COORDINADOR DE LA CIUDAD DE DIOS.