A partir de los años noventa, el país entró en una espiral violenta, sin contenido social. Era un movimiento de asonadas y de vandalismo delincuencial, orquestado burocráticamente, a discreción de mandos partidarios ambiciosos, a medida que el sandinismo cambiaba de rostro, y se disponía a reconquistar el poder sin aquella mística desinteresada de la juventud que anhelaba antes, durante la época somocista, un país libre.
A partir de los años noventa, el sandinismo se despojó de los ideales libertarios, tiró a un lado la justicia social como conquista histórica por la cual se ofrendaba la vida. Se desnudó de los sueños de construir una nación digna, sin explotación humana. Y quedó un rostro desfigurado por la codicia de la piñata, una nueva identidad marcada por la corrupción, por el caudillismo envilecido, por la perversión moral de la ambición personal. Surgió el orteguismo de esa metamorfosis degenerativa, como una transmutación dialéctica hacia un retorno al somocismo, que intentaba con pactos y amenazas conquistar el poder como un fin en sí.
Durante ese período de reflujo de masas, a la cabeza de las fuerzas de ataque del lumpemproletariado, Ortega se abrió camino entre los aventureros y pusilánimes que habían copado los puestos estatales como fuente de enriquecimiento ilícito y de sinecuras, prestos a vender sus conciencias, sin ánimos de defender ningún sistema, o de luchar por algún programa social que movilizara a las masas en contra del lumpemproletariado amenazante.
Ortega en el poder, además de cooptar a los políticos electoreros, compró a buen precio la conciencia del lucro parasitario de la oligarquía, rémora inútil que adhiere su ventosa expoliadora a todos los sistemas corruptos y dictatoriales de la época moderna. Y creó un Estado de nuevo tipo, absolutista y familiar, sostenido por la Policía, el Ejército, y el lumpemproletariado paramilitar.
Hay quienes se entretienen en constatar diariamente, aparentemente sorprendidos, que el rostro depravado del orteguismo, píxel por píxel, no guarda similitud alguna con un Estado de derecho.
No obstante su naturaleza amenazante y abusiva, el orteguismo es un régimen visiblemente en descomposición interna. En sus entrañas hay un fermento disociador creciente. Un descontento explosivo anárquico, una desorganización conflictiva, rencorosa, vengativa, resentida, ambiciosa, que lleva a la implosión violenta, con enfrentamientos irreconciliables hasta en los niveles más minúsculos. Las luchas intestinas del orteguismo no adquieren carácter ideológico dado que el absolutismo retrógrado no tiene ideología, por lo que se manifiestan en mezquinas rencillas sordas, que aplican métodos de lucha del lumpemproletariado.
Las fuerzas paramilitares, en este caso, están involucradas en el conflicto. La Policía, que ha acompañado a las fuerzas de choque en todas sus hazañas vandálicas, no está lista a controlar una lucha que avanza como enfrentamiento callejero y que, ante su intervención, tiende a convertirse en una insurrección devastadora de carácter anárquico. El conflicto en Mina El Limón muestra mucho de ese elemento disociador, paralizante, que ocurre en el seno del orteguismo. El choque violento no fue por alguna reivindicación social. Se enfrentaron dos brazos represivos del orteguismo, tras acusaciones recíprocas de traición y corrupción entre cabecillas sindicalistas orteguistas. En tal confrontación irracional, la Policía —desnaturalizada por Ortega— llevó la peor parte, a manos de quienes Aminta Granera llamó vándalos delincuenciales, que han gozado de impunidad en sus ataques. Se muestran ofendidos por el calificativo despectivo que les endilga Granera. Pero, nadie les llama, ahora, ¡turbas divinas!
A la par, surge un múltiple flujo de masas. Por mil veredas marchan desunidas movilizaciones reivindicativas de las masas, que hasta este momento no llegan a convertirse en una opción política alternativa al poder orteguista.
La represión policial puede ser un detonante peligroso, pero, sin un partido político de trabajadores que desarrolle una estrategia política centralizada contra el orteguismo, estas luchas reivindicativas de las masas, en ascenso, no representan una contradicción esencial contra el Estado orteguista.
En su arrogancia despótica, el orteguismo aprobó una ley de expropiación masiva de tierras, que suscita una rebelión colectiva. Pese a ser un régimen absolutista, Ortega no puede derogar la ley 840, que entrega la soberanía nacional. Ilusionará al campesinado con la anhelada derogación, pero, le expropiará sin falta, si los campesinos no luchan políticamente por derribar al orteguismo.
El autor es ingeniero eléctrico.