Las arengas por la unidad de cúpulas partidarias, como receta milagrosa para vencer al orteguismo en elecciones, se han convertido en cantaleta superficial, engañosa y desesperada, pretendiendo que olvidemos los peligros de hacer tienda común con quienes han demostrado su particular interpretación del quehacer político, conocida por todos.
¿No resulta fundamental comprender que la fuerza radica en asociarse con quienes comparten principios, valores, ideales, planes, compromisos, y no con quienes en un abrir y cerrar de ojos se alían o entregan al contrario?
La mayoría de la población, como destaca la reciente medición de Latinobarómetro, indica que para el 59 por ciento de nicaragüenses el problema del país es el económico, que al 36 por ciento le preocupa el desempleo y que el 35 por ciento expresa dificultades para alimentarse. Y no encuentran quién ofrezca soluciones —ni aspiraciones colectivas— superiores a las del oficialismo.
Mientras tanto, la confusión entre políticos y activistas opositores es abrumadora. Unos opinan que no deben participar en las elecciones y hablan de abstención masiva; otros, que si se realizan primarias o no, o que siendo los mismos podemos esperar algo diferente de ellos Tampoco faltan los que fantasean con mártires y anarquía, como para recordarnos sus limitaciones.
Si la oposición venezolana se equivocó al ausentarse de las elecciones en 2005 y fomentar la abstención si después de decenas de muertos, cientos en prisión y a casi dos años de #Lasalida su líder Leopoldo López carga condena de 13 años, y debilitó a Henrique Capriles de esas experiencias deberíamos aprender.
En general, y por alguna sinrazón, impera la tendencia de creer que para superar un problema se requiere de fórmulas tanto o más complejas que el problema, y que alcanzan mayor mérito cuanto más complicadas sean. ¿Lo ha notado? Algún incapaz debió promover semejante tontería.
A Nicaragua una alianza entre cúpulas no la saca del atolladero, aún en el hipotético caso que presentara un candidato presidencial ajeno a la politiquería, pues la palanca del poder radica en la Asamblea Nacional, donde cada caudillejo —como ha sido costumbre— aseguraría su cuota de obedientes legisladores. Al final, en el mejor de los casos, se puede elegir un presidente más o menos bueno, pero rehén del poder legislativo. Ya hemos visto esa telenovela.
¿Qué hacer entonces? Lo que sabemos y muchos evitan: que un partido valiente ofrezca casilla y apoyo a una persona que tenga posibilidades reales (sí, reales) de atraer a la mayoría, pero también presente mujeres y hombres aspirantes a diputados, con o sin partidos, comprometidos hasta los huesos para construir el Estado de Derecho con todo lo que implica. Parece chiste, pero no se ría, esto es serio.
No me parece importante cuáles partidos participen o no en las elecciones del 2016 ni cuánta publicidad hagan. Los nicaragüenses sabemos quién es quién. Lo que importa es que haya uno que aglutine y presente personas apropiadas, capaces de unir a la población y sembrar esperanza. Creo que esta es la mejor apuesta que podemos hacer en la Nicaragua de hoy.
Quizás le parezca una idea muy simple. Quizás sea así porque espera que otros la lleven a cabo. O porque está agotado por el discurso de los cupuleros. Sin embargo, usted puede hacer su parte y nadie hacerla por usted: hable, opine, llame a la radio, deje saber a su familia y amigos lo que piensa. Y dígaselo a los políticos donde los encuentre.
Si bien vivimos una situación excepcional, necesitamos candidatos con preparación académica, experiencia o conocimientos en los asuntos importantes del país. Honesto, sin complejo de marioneta ni titiritero, habilidad para negociar sin perder la ropa interior en el intento, y reserva de testosterona (tan escasa estos días) para lidiar con una transición incómoda y oposición orteguista bañada en petrodólares.
Ganarle a los Ortega-Murillo no sería fácil. Pero si no lo creemos posible paremos de contar y vaya cada lora a su guanacaste.
El autor es periodista.