Afirmar que no es necesario declarar en este momento estado de emergencia o estado de calamidad en el histórico Corredor Seco de Nicaragua, es una ausencia, casi nula, de Responsabilidad Social (RS). Pero, pensemos en positivo y posiblemente haya una sensible distancia y desconocimiento entre quienes construyen opinión pública, tanto en el sector público como en el privado y la realidad que viven 70,000 familias campesinas integradas por cinco personas cada una, ubicadas en 63 municipalidades de Nicaragua.
El Corredor Seco no es resultado de la sequía o del cambio climático en Nicaragua. El calvario que viven las familias campesinas en el Corredor Seco es producto de las relaciones sociales de producción que ha estimulado el injusto modelo económico y de desarrollo que los nicaragüenses hemos construido desde el fin de la colonia española (1821) hasta hoy día en el 2015.
Las familias campesinas del Corredor Seco históricamente no han sido consideradas ciudadanas; tampoco un sector económico interesante para el modelo económico nicaragüense. Han sido calificados como campesinos pobres; campesinos pequeños; campesinos necesitados; la pequeña producción de “basiqueros”; entre otras expresiones con desprecio y sin planes de apoyo. Totalmente excluidos.
En Nicaragua tenemos dos sectores de productores agropecuarios. Por un lado los campesinos empobrecidos que producen alimentos para el mercado nacional, y el otro, son los productores de agroexportación. Nada que ver, uno con el otro, son diferentes y trabajan de manera totalmente distinta en el proceso de producción. Los primeros, trabajan para comer (autoconsumo) y vender el remanente o una parte de su producción. El segundo, trabaja para vender al mercado externo, tiene compromisos que cumplir internacionalmente y produce con alta inversión financiera y técnica, en propiedades muy grandes y favorecidas por las políticas públicas. Hasta con proteccionismo gubernamental.
Las familias campesinas que habitan en el Corredor Seco en su mayoría alquilan o prestan las tierras que trabajan, no tienen acceso al crédito bancario, no son sujetos de crédito, no tienen asistencia técnica, no poseen medios de almacenamiento para la producción agrícola, venden su producción cuando la oferta en el mercado es alta, los niveles de productividad son muy bajos, no competitivos (Copades: 2014) en la zona se carece de precipitación suficiente (lluvia), en general no pasa de 300 mm anuales (Ineter: 2010) y se presenta en corto tiempo; utilizan exceso de insumos agrícolas, lo que provoca mayores costos y daños ambientales en la parcela; las políticas públicas han atendido al sector con prácticas asistencialistas y en casos de emergencia. No hay políticas municipales, nacionales ni regionales sostenidas para estimular la producción agrícola local. A nadie le importa que este sector productor de alimentos viva o muera.
Estas familias, principalmente hombres y mujeres jóvenes, migran hacia otras ciudades y/o países para trabajar y enviar ayuda financiera a los que permanecen en la casa (remesas familiares). La migración campo-ciudad provoca un crecimiento desigual de la sociedad nicaragüense, esta actividad humana ha generado exclusión, pobreza, dependencia y pérdida de la identidad campesina ante una sociedad urbana expulsora de fuerza de trabajo, promotora de un amplio proceso de proletarización y empobrecimiento social. El proceso migratorio es frecuente y sistemático entre las familias que habitan en el Corredor Seco. Sus destinos, Costa Rica, España, Estados Unidos y Centroamérica. La familia campesina cuando se enferma va donde un vecino que sabe algo de salud y se autorrecetan, si la enfermedad persiste van al hospital del centro urbano más cercano. Siempre y cuando la enfermedad no sea en horas nocturnas, porque el transporte es limitado y en muchos lugares no entra ningún medio terrestre.
Afirmar que no es momento de declarar la emergencia, es no conocer la Responsabilidad Social (RS), es desconocer la historia agrícola y pecuaria de Nicaragua, o será que queremos tapar el sol con un dedo. Es el momento de mostrar al mundo que somos responsables socialmente.
El autor es sociólogo e Investigador Social.
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