Algunas organizaciones de la sociedad civil han venido planteando, como respuesta a la crisis de los partidos y liderazgos tradicionales, la necesidad de una nueva forma de hacer política. La terminología es inmodesta y ambigua. Ni todo lo viejo es malo ni todo lo nuevo, por el simple hecho de serlo, es bueno. Trasunta la creencia en un cambio de formas y estilos que, para no quedarse en el cielo de la ideología y concretarse, requeriría de un cambio de actores, de nuevos líderes. Como la juventud tampoco es garantía de lo bueno, en el fondo se deja ver el viejo sueño de aquel “hombre nuevo”, encarnación que jamás lograron parir los regímenes comunistas y tampoco han logrado las más longevas religiones. Se trata, en fin, de un idealismo cuya utilidad se reduce a justificar la falta de compromiso político y, en el peor de los casos, a profundizar la división de aquellos que, a pesar de sus imperfecciones, honestamente buscan un cambio.
La expresión es un eco pobre y lejano de la famosa conferencia que Ortega y Gasset diera el 2 de marzo de 1914, en el Teatro de la Comedia de Madrid, posteriormente publicada bajo el título de Vieja y nueva política . En ella criticaba los vicios de la Restauración borbónica, similares a los que, sobrepasado un siglo, seguimos padeciendo los nicaragüenses. La propuesta, a pesar de contener elementos valiosos y recibir el apoyo de los intelectuales, no tuvo incidencia en el curso trágico que condujo a España a la dictadura de Primo de Rivera, la II República, la Guerra civil y la larga dictadura de Franco. Dos de sus grandes pilares, sin embargo, la estructuración de un sistema político fundamentado en los principios liberal social democráticos y la integración a Europa, los dos raíles de la vía hacia la modernización de España, serían confirmados por la historia como grandes aciertos.
Más insólita es la expresión que aboga por una “nueva cultura política”, como si el primitivo realismo que ve la política como continuación de la guerra por otros medios y que tanta destrucción han generado, constituyese una cultura, que debe ser reemplazada por otra que nadie se toma la molestia en definir. Si se trata de romper la autarquía de la política, relacionándola con la ciencia y las humanidades, fortaleciendo la libertad de expresión y el papel crítico de los intelectuales, en línea con la tradición ilustrada de la modernidad, entonces deberíamos hablar, más propiamente, de una culturización de la política.
Importante, para salir de la presente postración, es rescatar de la propuesta orteguiana la necesidad de entender la política no como simple táctica de alcanzar el gobierno sino como actitud histórica, proyecto cuyo eje fundamental debe ser la vertebración del país como nación y como sociedad y conjunto de esfuerzos dirigidos al aumento de su pulso vital; pedagogía política y tarea de moralización en su doble sentido, de socialización de valores e ideales y de elevación del optimismo creador. Ampliación de la política más allá del orden jurídico institucional —de lo electoral, parlamentario y gubernamental— que abarque el horizonte entero de la praxis social.
En fin, más que de una “nueva” se trata de hacer una “buena” política, a la vez eficaz y ajustada a la ética y los principios democráticos, movida por la razón crítica y en permanente diálogo con los conocimientos aportados por la cultura toda. Sin olvidar, por último, “la madera torcida de que está hecho el hombre”, a que se refería Kant, y que el progreso en política es posible, pero no a través de quimeras o saltos en el vacío sino de logros parciales y sostenidos, atendiendo a las prioridades y oportunidades de cada momento histórico.
El autor es jurista y catedrático universitario.