En el discurso que pronunció este lunes ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, pidió a su propio gobierno que ponga fin al embargo económico y comercial a Cuba.
Aparentemente esto es como si Daniel Ortega fuese a la ONU a pedir que las elecciones de Nicaragua sean justas y limpias. Pero son situaciones completamente distintas. En Estados Unidos el sistema de gobierno es democrático y se fundamenta en el balance y el control recíproco de poderes. El presidente Obama, como líder y representante del poder ejecutivo puede tener una posición personal ante cualquier asunto de Estado, pero la del Congreso puede ser opuesta. Esto es lo que sucede, precisamente, con el tema del embargo de Estados Unidos a Cuba, el cual está determinado por una ley y por eso el presidente no tiene la facultad de revocarlo. En Nicaragua, por el contrario, Daniel Ortega hace lo que quiere porque concentra en sus manos todos los poderes del Estado a pesar de que la Constitución establece que “son independientes entre sí”.
El embargo a Cuba es anacrónico y se ha convertido, además, en irrelevante, a partir de que Obama comenzó a entenderse con la dictadura comunista de Cuba y por vías administrativas ha reducido el efecto del embargo económico y comercial en casi el cincuenta por ciento.
Bajo el principio de dar para que te den, Obama debió exigir a Raúl Castro que a cambio del reconocimiento de Estados Unidos a su dictadura comunista y la normalización de las relaciones entre ambos países, se comprometiera por lo menos de manera verbal a respetar los derechos humanos e iniciar un proceso de apertura hacia la libertad y la democracia. Pero por el motivo que fuese el presidente estadounidense decidió ceder todo a cambio de nada, solo con la esperanza en que la normalización de relaciones y el flujo de las inversiones económicas a la isla podrían traer por añadidura una reforma política a largo plazo. Lo cual, dicho sea de paso, no ha sucedido en China y Vietnam tras décadas de normalización y no hay razón para creer que en Cuba sí podrá ocurrir.
Así las cosas, en el contexto del acercamiento de los gobiernos de Estados Unidos y Cuba y en la nueva dinámica de las relaciones internacionales, particularmente en el hemisferio occidental, el embargo ha dejado de tener sentido —si es que lo tuvo alguna vez— y lo mejor que podría hacer el Congreso estadounidense es abrogarlo.
La verdad es que a pesar de los lamentos de la dictadura comunista de Cuba por los supuestos daños económicos que el embargo le ha causado al país, sus efectos han sido mínimos y, más que todo, simbólicos. De hecho el embargo ha sido más bien beneficioso para el régimen castrista, pues le ha servido para justificar el fracaso del sistema comunista, el cual fracasó, sin que hubiese ningún embargo, en la extinta Unión Soviética y sus países satélites de Europa, y está fracasando ahora en Venezuela en su modalidad de socialismo bolivariano o del siglo XXI.
La Asamblea General de la ONU volverá a votar en este nuevo período de sesiones contra el embargo a Cuba y EE. UU. tendrá que sufrir de nuevo esa humillación internacional, prácticamente por nada y sin merecerlo.