Un longevo y adinerado jurisconsulto cuyo nombre omito, se vanagloriaba de ser un poeta “querendón” con especialidad en el piropo en rimas. Solía liberarse de la seriedad que siempre conservaba en los tribunales. Fuera de ellos disparaba besos y versos dirigidos a la belleza femenina. Lo que lo frustraba era que ellas lo identificaban fácilmente. Usted lo que anda en la frente —lo que ofrece— es el signo del dólar. En vez de rostro pinta un billete de cien.
Por esa razón no lo distinguían por su nombre, con la franqueza del corazón. Esa anécdota contada tristemente por él mismo me hizo recordar, aunque los casos son diferentes, la visita que hizo a Nicaragua —será siempre noticia— el segundo hombre más rico del planeta. Contraste evidente: dicen los entendidos que Nicaragua —colectivamente— es el segundo país más pobre después de Haití en América Latina, y Carlos Slim el segundo más rico —individualmente— no solo de la región, sino del mundo. Ese desnivel revelado por la majestad exacta de los números permitió que en cuanta alusión se le hiciera, lo identificaran no por su nombre sino por el fajo robusto que cargaba, 70 mil millones de dólares no tasados en las fantasías de Las mil y una noches, en la silla donde se posan las más diligentes y acuciosas investigaciones, escoltadas por la más disciplinada dedicación.
Viéndolo desde la distancia lo primero que lo distaba no era su rostro pasado a menos, sino la suma de los billetes, razón por la cual aún queriéndolo evitar, lo trascendente no era el apelativo puesto por sus antepasados, más el volumen cuantioso de una estadística, lo cual hacía presumir que los nicaragüenses lo llamaran preferentemente cada vez que gesticulaba y hablaba: “Ahí está el hombre de los setenta mil millones de dólares”. Tanta fue la insistencia en adjudicarle la cifra que el rostro, su palabra, su facilidad de expresión, su vigorosa personalidad no obstante su perceptible sencillez, no tuvieron la justa estimación porque en posición cimera estaba el tan publicitado y enfático tesoro.
Perdió su rostro, su nombre, su dimensión humana. Y eso ocurre porque en un país tan pobre como el nuestro la aparición de un magnate como ese es asombrosa, deslumbrante, algo difícil de concebirse como normal en una sociedad donde uno de los modelos más acaudalados —Carlos Pellas— aparece a su lado comparativamente lejano en el escalafón, desigual a su lado. Eso ocurre cuando alguien de esa estirpe viene al “pueblón”. La cuantía es capaz de ser el germen de la baja estimación, de la imposibilidad infinita de alcanzar la escala.
“El hombre vino con las manos vacías” fue la reacción enquistada en los extremos de la pobreza, tampoco que las trajera llenas tuvo alguna repercusión por cuanto solo bastaba para que el magnate haya venido para llenar de gloria a Nicaragua, de ponerla en el rango de los países privilegiados.
Nicaragua le extendió las manos con una cortesía piadosa: “Una limosna por favor”. Don dinero sigue siendo el dios menos discutido, aunque aquí apareció una alusión coyuntural. El papa Francisco con motivo de su reciente viaje por Estados Unidos y Cuba cuestionó “los excesos del capitalismo definiendo el dinero como el estiércol del diablo que esclaviza a las personas cuando se convierte en un dios, en un ídolo más importante que el hombre”.
El autor es periodista.