La ingratitud con Barenboim

Daniel Barenboim, enamorado de la paz, del tejido de los acordes en sus conciertos, es en sentido contradictorio perseguido por las pasiones.

Daniel Barenboim, enamorado de la paz, del tejido de los acordes en sus conciertos, es en sentido contradictorio perseguido por las pasiones. Los ayatoles iraníes le prohibieron ir a Taheran a dirigir la Staatskapelle Berlín por llevar sobre su alma y sus hombros la nacionalidad israelí. No es la primera vez que se plantea la discordancia, abanderada la tesis de que su presencia puede ser explosiva.

Conocida esa argumentación, se puede medir la distancia entre lo que el gran director y pianista es, y el criterio que se tiene de su personalidad. En lo personal pude comprobar —auditivamente desde luego— la fuente de su riqueza en los acordes, la imposibilidad absoluta de que el objetivo de sus presentaciones tenga relación con la enemistad con la paz. Solamente en la exacerbación puede concebirse semejante conjetura. Fue en el reino del silencio de un domingo que comprobé en estilos diferentes como los de Tschaikovsky y Brahams, como los de Debussy y Wagner —este último maldecido por la intolerancia, por haber sido el ídolo inspirador de Hitler— imaginándolo sobre el piano, cómo su talante revela los verdaderos instintos del artista. Me baso en el manejo de los acordes. Acordes —base y cumbre de la independencia— continuados y renovados. Son en música los símbolos de la heterogeneidad. Sus notas están predestinadas a la evolución de la voz multiplicada en voces pero con la riqueza de la eufonía, de la concordia en el universo sonoro. Es pues el efecto inofensivo del canto polifónico: el contrapunto. Durante todo ese domingo escuchando a músicos opuestos en sus formas estuve diciéndole a Barenboim “no estás solo, estás acompañado por tus acordes”. Y todo para animar las palideces con los matices de la orquesta. Nunca pudo ser el enemigo de la paz.

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