En mi Reflexión del sábado 29 de agosto, Lo más importante, les escribía sobre la oración personal, pero sentí que un tema tan complejo como este necesitaba ampliarse un poco más, y eso hice en la siguiente semana, en la Reflexión del 5 de septiembre Llega más cuando se habla con el corazón. Sin embargo —y como en una carta un lector me pidió que explicara cómo orar— dedico la de esta semana a ese tema.
Partamos que la mejor definición es la que Jesús les dio a sus discípulos cuando le hicieron precisamente esa misma pregunta: ¿cómo debemos orar? Y Él enseñó el Padre Nuestro. Aquí debería terminar mi artículo, pero como el lector que me escribió pedía una experiencia práctica, voy a darles la que enseña mi comunidad, “La Ciudad de Dios”.
Conocemos las vidas de muchas personas y creo que podríamos clasificarlas en tres grupos:
En el primero están los que no oran porque no les da la gana y los que oran aunque no les da la gana. Los que no oran porque no les da la gana, son generalmente personas que creen que orar sin ganas no es orar. Que su oración no es grata a Dios. Están equivocados. Si yo quiero ir al cine y mi mujer no tiene ganas, pero por darme gusto va, su compañía es doblemente grata a mis ojos. Lo ha hecho, no por su propio gusto, sino por darme gusto a mí, y yo se lo agradezco. Yo nunca siento ganas ni gusto en respirar. Respiro porque necesito respirar. Oro porque sé que necesito orar, aunque hoy no sienta ganas. En este grupo habemos gente tan famosa como Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, y otros muchos amigos míos, santos anónimos. Muchas veces no tenemos ganas de orar, pero oramos, porque sabemos que orar es una necesidad para nosotros y un gusto para Dios.
Un segundo grupo de personas es el de los que no oran porque no tienen tiempo. Junto a él está el grupo de los que hacen el tiempo para orar. En mi comunidad hemos enseñado siempre que todos tenemos la misma cantidad de tiempo. Que lo que nos falta es orden. Si queremos tener una vida de oración tenemos que hacer tiempo y tener un lugar. Hablo de tener un lugar fijo y un tiempo fijo. Yo puedo orar, y oro muchas veces en el día y en muchas partes: Cuando voy en el carro, cuando me estoy bañando, etc. Pero nada de esto sustituye ni puede sustituir mi lugar y hora fija de oración.
Y con esto paso al tercero y último grupo. El grupo de los que no oran porque rezan. Rezan dos o tres oraciones que son las que se saben o las que les gustan y cuando se les acaba el repertorio, pues “yo qué estoy haciendo aquí”. Rezar es hablarle a Dios. Orar es dialogar con Dios, que supone escuchar a Dios. Sobre todo, es unirse a Dios.
Enchufarse a Dios, enchufarse a la fuente de todo poder, para recibir de Él paz, sabiduría, revelación, poder, consuelo, alegría, dones, frutos y todo cuanto necesitamos y muchas cosas que Él nos regala aun cuando no las necesitamos ni pedimos, porque Él es así.
En mi próxima Reflexión les voy a dar unos consejos prácticos de cómo orar y a señalar distintos tipos posibles de oración.
EL AUTOR ES COORDINADOR DE LA CIUDAD DE DIOS
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