Las autoridades orteguistas de policía y judicial no han aclarado el caso del “pistolero de Metrocentro”. Más bien lo han enredado a propósito, como lo ha hecho ver el director jurídico del Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (Cenidh), Gonzalo Carrión, a fin de desviar la atención hacia actores ajenos al hecho criminal ocurrido el miércoles 2 de septiembre en las inmediaciones del Consejo Supremo Electoral (CSE).
Ese día, como se sabe, un pistolero orteguista se infiltró entre los ciudadanos que participaban en el ya acostumbrado “miércoles de protesta” en demanda de elecciones libres y limpias. Después de ponerse al descubierto al agredir a un manifestante con la cacha de su pistola, el matón huyó disparando sin que los policías que se encontraban muy cerca hicieran nada por detenerlo.
Sorprendentemente, la Policía informó al día siguiente que había detenido al pistolero, quien, al ser puesto a la orden de un juez y acusado por la Fiscalía, se declaró culpable y dijo que había cometido el delito por instrucciones de la señora Mónica Zalaquett, antigua militante sandinista retirada y ahora directora de una ONG independiente que trabaja en la prevención de la violencia juvenil y la reintegración social de los pandilleros. Según el pistolero, Zalaquett habría actuado por cuenta de la oposición y por eso le ordenó ir a la protesta cívica armado con una pistola, para provocar algún acto de violencia.
Ninguna persona inteligente se traga un cuento tan burdo como ese. Lo que se ve con claridad es una trama oficialista para acusar a la oposición de querer desatar la violencia, como lo aseguran los adictos al régimen orteguista, inclusive algunos que se dicen opositores.
Pero esto no es una novedad. Todas las dictaduras practican la estrategia de inventar conspiraciones a fin de justificar la represión contra los opositores, incluso su exterminio, o para disimular los propios errores y torpezas.
Las dictaduras siempre inventan confabulaciones de quienes no se les someten, sean grupos políticos, organizaciones civiles o los medios de prensa que no han sucumbido ante el avance dictatorial. La dictadura y sus asociados ven o simulan ver conspiraciones en las denuncias de las arbitrariedades gubernamentales y hasta en las críticas que se hacen determinadas instituciones estatales y privadas, por el manejo no transparente de negocios que son de interés público.
Con la denuncia de falsas conspiraciones se pretende también distraer la atención de la opinión pública y justificar los abusos y represiones. Y en algunos casos se busca disimular o neutralizar las contradicciones internas de la misma dictadura y la lucha de individuos y grupos por cuotas de poder y la repartición del botín material.
El conspiracionismo desde arriba es un reflejo del abuso de poder, es un indicador de la intolerancia de un régimen empeñado en demoler hasta el último resto de institucionalidad democrática, por lo cual trata de quitar de su camino todo lo que le incomoda y tolera solo a aquellos que se le sometan y lo adulen.
Es una conspiración fraguada desde arriba, contra la gente que quiere justicia, democracia y libertad.
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