Cae un “martilleo” insistente: “La oposición no existe”. Así definida por el escepticismo sin que se abra ni la solitaria hendija de un reconocimiento para ventilarla con la argumentación requerida para explicar las razones por las cuales se ve impedida de funcionar. Mientras a la oposición se le identifica como ausente, los mismos que la niegan afirman que el gobierno en el poder es un monstruo que niega la separación de los poderes del Estado convertido en la sede de la concentración. La estampa del “tigre suelto” enfrentándose a unos fragmentos amarrados. Las fracciones dispersas le restan fortaleza al contrapunteo cívico.
Mi tesis es que con un sistema arrogante como el imperante en el actual Gobierno, la oposición no puede existir en el nivel culto, racional, civilizado, no por culpa suya sino por la forma en que la socava la forma de actuar del Estado-partido. Uno de los derechos vulnerados es el de la protesta. Esta —el ejemplo más visible— es reprimida cada miércoles con un encono que ha llegado al extremo de vapulear físicamente a los participantes e incluso a los diputados del Partido Liberal Independiente (PLI), con las manos desabrigadas de artefactos agresivos, solo con la proclama de sus voces, han sido victimados por una acción delictiva que ha flagelado hasta la cardinal inmunidad. No puede tener cabida la oposición fundamentada en los argumentos donde las aplanadoras hacen temblar al pavimento.
Solamente el fanatismo —esa actitud psicopatológica demostrativa en cuanta circunstancia está presente— podría negar el empeño mostrado por los diputados de la referida alianza en la Asamblea Nacional donde funciona una mayoría aplastante no solo en número sino en el criterio sumiso que ella tiene cada vez que recibe las iniciativas del ejecutivo a las que no se les modifica ni la leve apariencia de una coma. Generalmente existe en la discusión parlamentaria, la capacidad de la denuncia más no la resolutiva e influyente en el razonamiento.
La pluralidad debe ser garantía en un sistema basado en la tolerancia y el respeto a la ley para que el público, el receptor en la llanura, pueda contrarrestar, evaluar pareceres y puntos de vista, frutos del pensamiento y de la acción. Pero eso es estropeado en múltiples formas porque la autocracia dispone de todos los recursos para inhibir la justa estimación. La oposición —enunciación enciclopédica— es un conjunto de partidos políticos, grupos ideológicos que están fuera del poder gubernamental, pero solo funciona cuando ese poder es tolerante. Puede formar coaliciones, crear incluso un gobierno propio en la llanura. En los gobiernos democráticos la política nacional es un efecto de las fuerzas divergentes entre poder y su otra acera. Los incrédulos mantienen el argumento de que el lado contrario carece de la consistencia del consenso, de proponer un efectivo programa de Estado, una opción amada por el pueblo. La tiene de una forma separada porque cada cual está encariñado con su molino, porque vibra altanera y zancuda “la danza de los puñales”, porque ella misma se destruye con el beneplácito de las cumbres oficiales, que está dividida es algo tan cierto como que la disciplina del sol alumbra a un nuevo día.
Si la oposición no existe no es porque la culpa sea totalmente la suya, es por qué el sistema democrático se cayó. Esa es la motivación por la cual ella decidió irse a la calle.
El autor es periodista.